Tomates

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Esta columna de Itxu Díaz fue publicada originalmente en la revista Época el  6 de enero de 2013.

Te das cuenta de que estás cenando en un trenhotel cuando te sorprendes a ti mismo corriendo detrás de un tomate cherry. Llegaba hambriento al tren. Me lancé al restaurante en busca de una ensalada. No sé en qué estaba pensando exactamente para pedir una ensalada. Quero tiene la teoría de que todo lo verde engorda una barbaridad. Que no hay más que ver a las vacas. Y tiene razón. Pero aquella noche resultaba imposible leer la carta entre el traqueteo del tren. Así que opté por lo primero de la lista, la ensalada.

Al servirme el plato, un fornido camarero pronunció dos veces la palabra cogollitos y comencé a impacientarme. Amablemente le pedí que no volviera a mencionar los cogollos, sean cogollos, cogollitos, o cogolletes. También empleaba sin descanso la expresión tierno para referirse a otros vegetales. Le supliqué que dejara de disertar sobre las vicisitudes de mi cena. Ya me hacía cargo de lo exclusivo del menú.

Sobre una fuente blanca, un pequeño manojo de hierba. Seis lechugas diferentes. Ninguna sabía a lechuga. Rizada, negra, roja, azul, amarilla, y con pétalos. La última moda gastronómica es que la lechuga se parezca tanto a una lechuga como los huevos de un minotauro al sistema de encriptación de conversaciones del ejército norteamericano.

Coronaban la ensalada tres tomates cherry muy liberales. Untados en aceite, pocas cosas ruedan mejor. Siempre he mantenido una relación cordial con ellos, a pesar de nuestras diferencias. La esencial: que yo ni soy rojo, ni tengo pepitas. Al verlos en el plato, me pudo la indiferencia. Cuando comenzaron a desplazarse mecidos por el baile del tren, no advertí el peligro. Y ocurrió. Uno de ellos resbaló por mi pantalón dejando un indeleble rastro de aceite y rodó libre por el vagón. Nunca pensé que acabaría corriendo detrás de un tomate. De pronto, chof. El fornido camarero. Sí, eran tiernos, pensé. Y después sugerí al jefe de cocina la inclusión de un nuevo ingrediente en su vanguardista ensalada: el velcro.