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Liberad a Itxu

Esta columna de Itxu Díaz fue publicada originalmente en la revista Época el  5 de mayo de 2013. Ilustración: Íñigo Navarro.

Escribo encerrado desde un cuarto de baño. No por voluntad propia. Se ha atascado el pestillo. Al otro lado el tumulto de los vecinos planteando formas de abrir la puerta. Los más intelectuales proponen derribarla a patadas, mientras el sector tradicionalista aboga por salvaguardar la supervivencia de la víctima, haciéndome llegar una bolsa de víveres atada a una escoba. La bolsa contiene un bocadillo y unas servilletas. Me encanta el detalle de las servilletas. Pero ni una maldita cerveza. Es obvio que esta gente nunca se ha quedado encerrada en un baño.

Al principio lo intentas todo menos pedir auxilio. Pocas cosas más ridículas que pedir socorro cuando no hay ningún incendio, ni terremoto, ni tienes a un paramilitar apuntándote a la cabeza con una ametralladora. Antes de gritar, mi primera reacción fue entrar en Google y buscar todas las palabras clave: “abrir puerta”, “cerrajero”, “pestillo atascado”, “quiero salir de una vez”, “liberad a Itxu”. Todo parece muy sencillo en YouTube. Siguiendo las instrucciones de cualquiera te sientes capaz de construir un submarino nuclear en cinco minutos. Descubro en Internet que mi encierro se cura con ayuda de un plástico duro, presionando el resbalón de la cerradura con un golpe seco. Parece fácil. En menos de media hora he destrozado tres tarjetas de crédito, dos uñas, el DNI, el carnet de conducir, y el de la Asociación de Amigos de los Cerrajeros. Sigo dentro.

Pasan los minutos. Al otro lado, desorden. Un tipo tirado en el suelo tratando de pinzar el pestillo con una radiografía doblada y quince a su alrededor dándole indicaciones: sube, baja, presiona, tira, métela al revés, dóblala más, bascula con ella, golpea con fuerza. España. Me vienen a la memoria McGiver y El Equipo A y vacío todos los cajones. Consigo una hoja de plástico duro e intento reventar el pestillo dando un golpe con toda mi alma, con el que podría haber desviado el eje de rotación de la tierra un par de metros. Lo único bueno de estar de este lado de la puerta es que cuando empieza a sangrarte la mano tienes cerca el desinfectante y las gasas. Esto no ocurre, por ejemplo, si te quedas encerrado en la nevera. El kétchup no desinfecta igual.

Las nueve. Más de tres horas de encierro. Como en Sanfermines. Me impaciento. Tengo hambre. Improviso un chupito de alcohol de 96º con champú de almendras. No lo intenten en casa. Trato de hacer vida normal. Así que me ducho una y otra vez. A la cuarta ducha tu piel parece la de un sapo anciano, y te sientes extrañamente seguro de que estás preparado para tumbar la puerta de un cabezazo. Por suerte, antes de intentarlo, alguien llama a un cerrajero.

Cuarenta minutos más tarde, el timbre de casa. Mal empezamos. Imagino que lo de llamar al timbre es por educación. Que se supone que este tipo vive de abrir puertas sin ayuda. Saluda y pregunta si hay algún superviviente en el interior. Carraspeo. El hombre observa, deja en el suelo la caja de herramientas y comienza a aporrear la puerta como un poseso. Pregunto a viva voz si era necesario llamar a un cerrajero para esto. Yo mismo tengo gran habilidad para hacerlo. Es más, me divierte. El operario engola la voz y hace preguntas sobre la identidad y el estado de la víctima, que soy yo. Le digo que estoy estupendamente, asomado a la ventana y tomando el sol con la brisa del mar. Que sólo me falta un daiquiri y música hawaiana. Lo cual es rigurosamente cierto, si exceptuamos que llevo tres horas en un sitio donde las actividades de ocio están bastante limitadas.

El cerrajero desiste y baja a por más herramientas, mientras ilustra a los vecinos con una teórica sobre puertas. La técnica ha avanzado tanto que los fabricantes ya no saben hacer puertas, que era algo que ya estaba inventado antes de que existieran los cerrajeros. Sugiero entonces la posibilidad de la sierra eléctrica. Ni hablar. El señor cerrajero estima que esa es la última opción. Mientras, prosigue probando sofisticados artilugios que fracasan uno tras otro. Se enfada cuando comento que llevamos media hora así, que si fuera un caco, a la policía ya le habría dado tiempo a detenerlo veinte veces. Entretanto, desarma el pestillo de otra habitación para investigar su mecanismo. Deduzco que no lo ha entendido porque me informan los vecinos de que lo ha roto por completo. Otro día hablaremos del fabricante de cerrojos, al que ahora mismo le haría tragar las diez puertas de casa con sus manillas. No sin antes arrancarle las pestañas una a una. Desde el cariño, el amor, el respeto institucional y democrático, y al amparo del régimen de libertades parlamentarias. Pero le arranco las pestañas.

Después de varias vueltas y alguna que otra patada a la manilla, el cerrajero baja al coche de nuevo a por algo. Me asomo a la ventana y me sorprende ver que se lleva la caja de herramientas. El tipo arranca la furgoneta y sale a gran velocidad. Huye con la llave entre las piernas. Para siempre. Sé que no me creerán. Pero nunca más hemos sabido de él. A lo mejor había aparcado el coche en el Triángulo de las Bermudas.

Desesperado, llamo a otro cerrajero. Más profesional. Llega con ganas. Ánimos renovados. Tiene una cicatriz en el cuello. Deduzco que fue la mordedura de un cerrojo de alta seguridad en Vietnam. Mientras prueba todas las técnicas con las que fracasó el anterior, me afeito por cuarta vez. Ya me corto por el mero placer de matar el tiempo. Toda la parafernalia del alcohol y el algodón resulta lo más emocionante que puede hacerse en un baño después de cuatro horas en cautividad. El cerrajero me ordena que empuje la puerta. Le pregunto si va a derribarla, ya que en ese caso prefiero esconderme en la bañera para no quedarme sin dientes. Que no, que esté tranquilo. Supongo que es fácil pedir calma desde el otro lado. Empujo la puerta. Y él golpea el cerrojo con gran habilidad. Y como si nada, se abre. ¡Se abre! Libertad. Comienzo a dar botes de alegría. De pronto, el cerrajero saca un bloc de notas y el mundo se me viene encima. La factura. Si lo sé me quedo dentro. Creo que me habría salido más barato y rápido prenderle fuego al baño y esperar a que los bomberos me saquen por la ventana.

Costes al margen, quedarse atrapado en el baño durante horas ha sido una experiencia maravillosa. Todo el mundo debería experimentarla varias veces al año. Es mucho mejor que quedarse atrapado en el ascensor. Allí no puedes darte baños de espuma, ni hacer castillos de cepillos de dientes, ni lanzar rollos de papel higiénico por la ventana mientras coreas el nombre de tu equipo favorito. Lo único importante es saber cómo perder el tiempo con algo insustancial, estúpido e intrascendente mientras estás encerrado. Yo he optado por escribir esta crónica.