Reuniones y otras alternativas al trabajo

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Esta columna de Itxu Díaz fue publicada originalmente en La Gaceta el  25 de febrero de 2013. Ilustración: Íñigo Navarro.

En el trabajo, cuando no sabemos qué hacer, nos reunimos. Las reuniones son muy entretenidas. Consisten en que cuatro o cinco personas se sientan en torno a una mesa y hablan durante una hora. Después se disuelven con la seguridad de que todo está arreglado. Pero en realidad todo está mucho menos arreglado que antes de empezar. La única diferencia es que está más revuelto. Siempre hay alguien dispuesto a convocar una reunión y siempre hay alguien dispuesto a acudir a una reunión. Es mucho más entretenido que trabajar.

En las reuniones hay una cosa que se llama orden del día, algo que mejor podría llamarse desorden del día. Se supone que constituye el conjunto de temas que van a abordarse, en el sentido más barbarroja de la palabra. Este guion se utiliza para evitar que las reuniones se prolonguen hasta el Apocalipsis, cosa que ya ha ocurrido alguna vez en la Historia. De hecho lo del Arca de Noé empezó como una pequeña reunión pero se les fue de las manos. Si no, a santo de qué el profeta habría metido serpientes, arañas y cucarachas en el barco. Mi tesis es que a Noé no le dio tiempo a proceder al desalojo cuando comenzó a llover. De haber logrado desprenderse de esos horribles bichos, ahora estaríamos encantados buscando sus fósiles con la tranquilidad de saber que los fósiles no muerden, ni pican, ni estallan cuando los pisas de noche descalzo en la cocina.

El orden del día permite pasar de un tema a otro antes de que los asistentes comiencen a arrojarse al vacío por las ventanas de la sala de juntas. Es cierto que también hay reuniones sin orden del día. Pero también las hay en las que corre el whisky y los habanos. Y, en honor a la verdad, eso no son exactamente reuniones. Aunque puedan resultar mucho más productivas.

Soy especialista en acudir de espectador a reuniones cuando se celebran en restaurantes. Me gusta observarlos desde la mesa de al lado, con esa mirada afilada que tenemos los columnistas, que vivimos de contar los defectos de los demás y ocultar los nuestros, que en mi caso resulta sencillo por carecer de toda mancha. Mientras lo escribo, lo veo. Hay un tipo con poco pelo que intenta rejuvenecer rodeándose de sus más jóvenes empleadas. Supongo, el jefe. Y luego están los del cuaderno de notas. Quieren ponerse cerca de él. Están tan cerca ahora mismo que sospecho que a los postres habrán terminado por subirse a sus rodillas. Su misión no es hacer aportaciones, sino postrarse ante la palabra del emperador. Muchos terminan con problemas de espalda. Rendir pleitesía al jefe está muy desaconsejado por la Asociación Nacional de Traumatólogos. Hoy no puedo quedarme al fin de fiesta, pero sé cómo terminan estas citas. El jefe suelta un discurso. Todos asienten. Y finalmente, pide chupitos para todos, intenta ligar, y cuenta chistes durante varias horas. Todos ríen. Fin del orden del día. Se levanta la sesión. Y comienza el baile. El de salir a la calle tras quince chupitos.

–              Disculpe señor –interrumpe el camarero-, ¿podría abandonar el restaurante por la puerta? Eso es la ventana.

La mayor parte de estas convocatorias resultan un peligro para la salud. La legislación de prevención de riesgos laborales, tan obsesionada con que no ardamos entre archivadores de papel reciclado, debería prevenir de una vez por todas las reuniones. Particularmente prefiero ser pasto de las llamas que asistir a una de esos cónclaves de tarde que son como el túnel del Guadarrama, que desde que han puesto los radares de tramo entras con la luz del día y sales cuando ya es noche cerrada.

Después de entregarse al Twitter, la segunda mejor actitud en una reunión es ponerse de perfil. Las intervenciones han de ser comedidas, breves, y sobre todo, irrelevantes. Realizar alguna aportación interesante a una reunión sólo ocasiona más problemas, y lo que es peor, nuevas reuniones. Alguien debería investigarlo: las reuniones engendran reuniones, de la misma forma que los tipos intensos se atraen por los polos. Dos intensos en una misma reunión convierten la cita en una criba de años de Purgatorio para todos los asistentes. Algo bueno tenían que tener todo esto.

Los hay profesionales del asunto. Yo mismo soy capaz de encadenar reuniones desde la mañana hasta la noche sin trabajar en todo el día. No presumo de ello. Pero mi productividad se ve reducida hasta el infinito -y ya es difícil- cada vez que alguien decide que debemos sentarnos y charlar. Hablar es la primera causa de absentismo laboral. Un tipo que habla no está trabajando, exceptuando a quienes trabajan en la radio.

Otro aspecto controvertido es la duración del cónclave y sus consecuencias penales. Las reuniones tienen un recorrido limitado. A partir de la primera hora el ambiente se enrarece. En la segunda, se pueden producir los primeros desmayos. Y si se alcanzan las tres horas de reunión, lo más frecuente es que se produzcan agresiones físicas. En particular, mordiscos. No me pregunten la razón. Si dos personas discuten en la calle, lo habitual es que acaben a puñetazos. Ya saben, esas peleas tan estúpidas que se dan ahora, en las que dos tipos bracean como pulpos borrachos y ninguno le atiza al otro. En este aspecto John Wayne era infinitamente más práctico. Pero si dos personas discuten en una reunión que se ha prolongado durante más de tres horas, lo más probable es que terminen a mordiscos, que es como los Wonga-Wonga se disputaban a las más bellas Wonga-Wonga cuando llegaba la primavera en la aldea de los Wonga-Wonga. Pero esto se lo cuento otro día.

Desde el punto de vista sociológico, me apasiona lo de las reuniones. De la misma forma que también me sorprende contemplar cómo los orangutanes se reúnen en torno a una cesta de plátanos en una esquina de su jaula. Me extendería durante al menos diez o quince páginas sobre este asunto, pero imagino que mis compañeros del periódico tendrán algo más que contarles hoy. Y además, llego tarde a una reunión interesantísima sobre la conveniencia de convocar reuniones. El orden del día es:

1) Reuniones. Origen antropológico.
2) Reuniones y su influencia en el descubrimiento de América.
3) Las reuniones en la Grecia Clásica.
4) Reuniones. ¿Nacen o se hacen?
5) Beneficios de las reuniones en la empresa. Una perspectiva etílica.
6) Mandemos al carajo las reuniones y bajemos a tomar una cerveza.
7) Palabras que riman con reuniones.
8) Conclusiones, puro, y copa de despedida.
9) Conozco un garito en Malasaña.