El cuerpazo

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Esta columna de Itxu Díaz fue publicada originalmente en La Región el domingo 15 de mayo de 2016. Ilustración: Íñigo Navarro.

La Operación Bikini consiste en que puedas meterte dentro de uno de ellos sin que parezca que lo llevas tatuado. O en caso de que tenga hebillas metálicas, que puedas vestírtelo sin el riesgo de que salten a presión y le saques un ojo a un bañista, que además luego es un lío colocárselo de nuevo. Yo una vez le saqué un ojo a un tipo en la cola del súper con el tallo de un puerro, y cuando se lo quise instalar de nuevo me sobraron un montón de piezas. Es increíble como algo tan básico, a simple vista, como un ojo, puede volverse tan complejo cuando echa a rodar por el pasillo de comida para mascotas.

Yo hacía entonces la dieta del puerro, que consiste en que compras un manojo gigante de puerros, que es una de las cosas más difíciles de manejar en un carrito, golpeas con ellos a un energúmeno en la cola de caja, se enfada, te rompe los dientes de un bofetón, y milagrosamente se te quitan las ganas de comer. Supongo que esto también se puede hacer con piña, que pincha, o con mantequilla, que resbala, pero no lo he probado. Lo del puerro es seguro porque incluso aunque no te rompan los dientes, cuando llegas a casa con todo ese festival de hojas verdes, tallos blancos, y extrañísimos pelillos marrones, lo último que te apetece es que se acerque la hora de comer. Durante aquellos días de dieta, la mayor parte de los puerros destinados a la comida terminaron clavados en la pared del salón, en una obra conceptual por la que pediré una millonada en cuanto consiga elaborar un discurso que la sostenga.

Adelgazar es fundamental porque vivimos en un siglo en el que lo único importante es sentirse bien con uno mismo. No sé si esta estupidez es de Jodorowsky o de cualquiera de los filósofos de oferta que inundan Facebook, pero estoy intentando modernizarme y dejar de leer a Platón y al resto de la carcundia filosófica, y me he dado cuenta de que todo era más sencillo que el mito de la caverna: lo único que tienes que hacer para sentirte bien es darle un like a un cartelito de autoayuda. Sé que alguno no sabe lo que es “dar un like”, pero que Dios le conserve esa feliz ignorancia.

El problema de las personas que quieren perder peso es que están dispuestas a cualquier cosa. Echa un vistazo a la calle. Toda esa gente está corriendo de un modo más o menos voluntario. Quiero decir que no los persiguen una docena de terroristas con cinturones explosivos. No. Corren por el mero hecho de correr. Aunque mis amigos más eruditos, para darle un carácter enciclopédico a su escapada, lo llaman running. Pero sudan igual y al día siguiente los ves que entran al bar como pisando huevos frescos, y eso son agujetas de toda la vida, aunque ellos hablan de “estrés muscular severo”.

Si de verdad quieres adelgazar, olvídate de dietas y ponte a cocinar. La mayor parte de la gente come demasiado porque no cocina. El asunto de los fogones implica mancharlo todo, comer un rato, y volver a limpiarlo todo para tener que empezar otra vez con la misma operación unas horas después (* he dedico un libro a este espinoso asunto). Cocinar y comer son dos actividades incompatibles con el sentido común. Cualquier persona que lo piense fríamente, dejará de hacer una de las dos cosas. Ahí abajo hay miles de restaurantes y todo sabe mejor que en casa cuando ves que son otros los encargados de frotar las manchas de aceite.

Cada poco tiempo llega un experto a decir que todo lo estábamos haciendo al revés para adelgazar, e inventa una dieta nueva, y gana un dineral vendiendo libros. Con unos métodos u otros, terminas pasando un hambre horrible, que es algo que podías conseguir sin necesidad de comer exclusivamente melocotones, o zanahorias, o vivir sin proteínas, o cambiar el desayuno por un zumo de color verde, que es lo último que te apetece meterte entre pecho y espalda al levantarte de cama. Que ves ese espumoso vasito verde a la hora de las tostadas, y de pronto te acuerdas de que habías prometido a Dios ayunar un día si aprobabas aquel examen de primero de carrera, y místico como San Juan de la Cruz, mientras suena la banda sonora de Carros de fuego, aprietas los puños y pasas olímpicamente por delante del zumo verde para no caer en la tentación de beberte eso, que igual transpira, destiñe, y te deja el rostro como si fueras el primo tonto de Shrek.

Hay tipos que pierden el juicio con esto de adelgazar. Los famosos acaban haciendo locuras, como comer raíces, clavarse agujas en sitios raros, o pasar por el quirófano sin estar enfermos. Como los que se instalan quirúrgicamente un cinturón que les constriñe la mitad del estómago con la esperanza de tener así la mitad de hambre. Está bien, pero la operación debería incluir entonces la extracción del otro cinturón que les está oprimiendo la mitad del cerebro.

Sin ir más lejos, uno de mis mejores amigos se ha puesto a comer coliflor a estas alturas, rompiendo un pacto escolar firmado con sangre, en una traición que todavía no le he perdonado. De niños le pasábamos la coliflor siempre al plato del vecino en el comedor de colegio. Fue una decisión muy meditada, una declaración de guerra que extendimos a toda la familia de las coles. Y prometimos que nuestro frente común contra la coliflor duraría toda la vida, aunque solo fuera por tener un nombre tan cursi. Y lo cumplimos hasta hoy. Pero de pronto mi amigo se ha casado con una niña delgadísima que le ha convencido de que se va a morir de un infarto, si no adelgaza treinta quilos y comienza a comer coliflor a todas horas, para bajar el colesterol o una de esas cosas que utilizan para coaccionarnos a los hipocondríacos. Y la verdad es que se le nota muchísimo. No porque haya adelgazado, sino porque se le está poniendo cara de acelga, lo que le asegura un futuro prometedor como figurante en Dora la Exploradora.

A los prehistóricos les costó muchísimo descubrir la gastronomía. Muchos héroes murieron probando setas venenosas o animales que estaban asquerosos. Y ahora que lo sabemos todo, supone una falta de respeto hacia ellos que nos alimentemos de barritas energéticas e infusiones diuréticas. Además, a veces es suficiente con comer a la plancha. No sabe tan mal si consigues despegarle esa chaquetita que no se podía planchar. Pero personalmente, después de muchas vueltas he resuelto la Operación Bikini de un modo mucho más intuitivo: colgando el bikini y comprándome un traje de baño.