¿Por qué demonios soy escritor?

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No podría pilotar un avión, las únicas raíces cuadradas que conozco son las de algunos cactus, y si me diera por la cirugía, mis pacientes saldrían con cicatrices como las que pinta el Centro Sismológico Nacional. No tengo buen pulso. Me mareo si veo un corazón fuera de su sitio danzando por la camilla. Soy bastante hipocondríaco. No podría ser futbolista y verme obligado a poner mi melena en las manos de un jardinero. No podría ser contable, abogado, juez, arquitecto, o fontanero. Y no podría ser maestro porque les tengo demasiado respeto a los que fueron los míos. No podría, en fin, hacer nada que no sea escribir. Supongo que confirmas esa vocación cuando ahora, enredando entre los viejos cajones de casa de tus padres, encuentras historias, cuentos y bocetos en papeles amarilleados, escritos con caligrafía preescolar, demostrando desde niño que expulsaría todos los demonios, pasiones, y melancolías por la mismísima punta de la pluma. Así es. No necesariamente una elección. Un destino ineludible.

Supongo que confirmas esa vocación cuando ahora, enredando entre los viejos cajones de casa de tus padres, encuentras historias, cuentos y bocetos en papeles amarilleados, escritos con caligrafía preescolar

Ocho son a esta hora mis libros, los que danzan en las estanterías de las librerías. Ocho y sus circunstancias.

Con Haciendo amigos en 2006 quise estrenarme reuniendo columnas musicales y culturales que había vertido en los años precedentes en revistas especializadas. Un año después, envuelto en los abominables dolores de un cólico nefrítico y sesteando la resaca del dolor entre calmantes, escribí una historia breve y urgente, Ganador Perdido; las aventuras de una ex estrella del rock que decide dejarlo todo y aislarse en la montaña asturiana de Los Oscos. ¿Por qué de tanto dolor físico salió algo tan humorístico? Creo que entonces descubrí que la risa es el mejor antídoto para los sinsabores.

Cuando en 2008 edité Un ministro en mi nevera, un “manual para sobrevivir a gobierno omnipotentes”, ya había recibido elogios tempraneros por mi manera, entre el humor y la actualidad, de afrontar la columna periodística. Hoy no volvería a publicar ese pecado de juventud.

En el 2012 mi vida estaba ya consagrada a la columna satírica, trufadas de maldades y dulces melancolías, y había encontrado en el humor el prisma para evitar el llanto al contemplar este mundo que siempre me ha resultado un tanto ajeno. Por eso Yo maté a un gurú de Internet, un ensayo satírico contra la tecnología doméstica y los aparatos inteligentes. España, ya tan políticamente intensa, escaseaba de paréntesis, de libros que te arranquen sonrisas sin rencores, de humor contra nadie, de humor por humor. Acerté y gustó. Ese libro hizo un gran favor a mi vida de escritor, siempre entre la duda, el abandono y la euforia.

España, ya tan políticamente intensa, escaseaba de paréntesis, de libros que te arranquen sonrisas sin rencores, de humor contra nadie, de humor por humor.

Escribí entonces Un libro muy serio, biografía de Los Clones –mis queridos Fede de Juan y Luis Ignacio González-. Con gran placer y solaz, gracias a la vida y obra de los protagonistas.

Y tras un descanso impuesto por las labores de dirección en periódicos, cuando ya había entendido que ser escritor sin ser tertuliano o sin ejercer con ardor el periodismo es buscarse la ruina, pude volver al “humor por humor”, esta vez entre fogones, con Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti. Bien es cierto que los lectores aún están llegando ahora a este libro, gracias a la bendita distribución por Internet, porque los grandes almacenes se empeñaron en abandonarlo en sus estanterías de “Libros de Cocina” y no en la zona de “Libros de Humor”; buena muestra de lo mucho que seguimos necesitando la tradicional figura del santo librero.

Un paréntesis en la trivialidad. Aplicar mi propia crónica periodística a algo tan proceloso como las cosas de Dios, del bien y el mal. Así surgió Dios siempre llama mil veces en 2015.

Tres años después, más allá de mi quehacer ordinario, mi vida seguía girando en torno a la columna de opinión como elemento de sátira y melancolía. La crónica del bar. Por eso puse todo mi empeño la que sería la gran antología de mi vida literaria -hasta hoy- con todo lo aceptable que había publicado en prensa de España y Estados Unidos en los últimos quince años. El resultado es El siglo no ha empezado aún. Crónicas de un periodista en búsqueda activa de descanso. Una obra de punto y aparte. Un libro de compañía. Con humor, estampas costumbristas, reflexiones serenas sobre la vida, y placenteras contemplaciones del planeta que habitamos. De algún modo el siglo entronca emocionalmente con esos papeles amarilleados de mis primeras redacciones colegiales; con él en las manos, puedo decir: mirad, amigos, esto es todo lo que soy capaz de hacer.

Con El siglo no ha empezado aún en las manos, puedo decir: mirad, amigos, esto es todo lo que soy capaz de hacer.

Estas últimas semanas, mientras terminaba lo que será mi próximo libro, que nada o todo tiene que ver con lo escrito hasta ahora –vaya aparte mi única novela, que yace inédita-, he podido disfrutar el lanzamiento de Yo maté a un gurú de Internet en versión 2018. Mi reto era hacer un libro accesible –edición exclusiva en Amazon Kindle y un precio ínfimo- destinado a los lectores de la primera edición y por supuesto a los nuevos. Rehacer los textos, actualizarlos, añadir capítulos a cual más hilarante y desequilibrado, y agregar cientos de notas a pie de página con la malvada intención de obligar al lector –tal que hacía mi admirado Jardiel Poncela- a leérselas para no perderse lo mejor.

Y así, después de todo, la vida me demuestra cada día que solo soy un escritor. De periódicos, de artículos, de guiones, de canciones, de discursos, de libros, o de prospectos de medicamentos. Pero solo un escritor. La jungla mediática nacional que nos aflige no siempre ayuda. Empiezo ahora a vender libros en Estados Unidos. No me sorprende: de un tiempo a esta parte muestran más interés por mis artículos en Estados Unidos que en mi país, España, y supongo que se trata de algo coyuntural, aunque por momentos me cause una cierta desazón.

No me busquen entre esos escritores quejumbrosos, renegados y atormentados que, sin ser profetas, berrean aquello de que nadie lo es en su tierra. Yo tengo bastante con intentar no ser mofeta en mi tierra.

Muertos los medios en los que firmaba antaño, abandonados otros por la guillotina del calendario, no querría que mis lectores se quedaran con la sensación de que no estoy tan presente en las páginas de la prensa española como antes porque hoy me sea más rentable hacerlo fuera –que lo es, sin duda-. No. Mi ausencia se debe a que quienes tienen capacidad de acogerme, hasta el momento, han preferido no hacerlo, como aquel Bartleby de Melville, en justísimo y sapientísimo ejercicio de su criterio, que respeto y defiendo hasta la muerte; porque yo también me he visto en su piel.

Quería aclarar esto por ustedes, queridos lectores, no hay otra razón: no me busquen entre esos escritores quejumbrosos, renegados y atormentados que, sin ser profetas, berrean aquello de que nadie lo es en su tierra. Yo tengo bastante con intentar no ser mofeta en mi tierra.

Así bien, creo que haber explicado por qué soy escritor. Por qué lo seguiré siendo. Y por qué deseo animarles a encargar en Amazon Kindle este nuevo Yo maté a un gurú de internet, o a pedir el último, El siglo no ha empezado aún –tan bien editado e ilustrado por Navarro-, y a que lean y regalen con placer ese lunático viaje por los fogones domésticos que supone Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti. Esto último nunca dejen de hacerlo.

Que luego, de pronto, recibes un mensaje, un tuit, una carta -¡aún llegan!- de alguien que se ha reído en un mal momento -en un hospital, mordido por la depresión, o intentando olvidar a algún desgraciado- leyendo alguna de estas obras mencionadas, y entonces, toda esta lejana vocación de escritor, siempre canalla y achicada, se eleva como rodeada de un aura mesiánica y flota a mi alrededor dando sentido a las cosas, ordenando mi propio caos. Gracias a Dios luego se me pasa y me pido otra cerveza. Pero todo queda entonces consumado. Todo tiene sentido.

Itxu Díaz
En la ciudad del mar, a 7 de noviembre de 2018