Fin de año con estilo

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Hay dos tipos de fiestas de Nochevieja. Las que acaban en el hospital y las demás. No hay nada más patético que amanecer con un gotero el día de Año Nuevo y que tus colegas le hayan pegado una pegatina de Jack Daniel’s mientras dormías el sueño de los ebrios. Además, en la cafetería del hospital hay churros pero no hay chocolate, todo está lleno de tipos que realmente están enfermos y contagian cosas horribles, y las enfermeras no son tan guapas cuando están de guardia atendiendo a idiotas que no saben beber que cuando bailan en la pista vestidas de gala de Nochevieja.

Este artículo de Itxu Díaz está incluido en ‘El siglo no ha empezado aún. Crónicas de un periodista en búsqueda activa de descanso’. A la venta en nuestra tienda oficial. Ilustración: Íñigo Navarro, inspirada y realizada durante la fiesta de presentación de Aprende a cocinar mal…

Las fiestas de fin de año están organizadas por tipos que jamás saldrían en Fin de Año, y están dirigidas a gente que jamás dejaría de hacerlo. Esto explica por qué el alcohol es de la misma calidad que las gafas del cotillón, y por qué lo vasos están tan limpios como el baño. Todos los que hemos organizado fiestas de Nochevieja alguna vez sabemos bien que al público sólo hay una cosa que realmente le preocupa hasta extremos insospechados: el ropero. Un invitado a tu juerga de Fin de Año puede apuñalarte si se entera de que el ropero está lleno, pero en cambio no hará comentario alguno si sustituyes el whisky por gasolina. Si bien, debo señalar que esto último no es buena idea, porque el combustible sale aún más caro que el alcohol, especialmente si los intoxicados logran identificarte en la rueda de reconocimientos.

Los organizadores se empeñan en ofrecer barra libre de bebida. Quizá por eso las camareras administran las botellas igual que un consejero de la Junta de Andalucía maneja el dinero público, y por eso los asistentes se amorran al cristal sin importarles demasiado si la resaca tendremos que pagarla entre todos. La borrachera es la mejor metáfora de nuestro establishment -disculpen, no me sale la palabra en gallego-, y la cogorza de Nochevieja es probablemente la imagen más sincera que España puede ofrecer al mundo en estos momentos. En Inglaterra o Alemania los borrachos son muy pesados, pero contrastan con el resto del país, que está sobrio y trabajando a su hora. España es país de borrachera colectiva, tanto en lo etílico, como en lo democrático, en lo económico, y por supuesto en lo demagógico. Tal vez por eso es un país maravilloso. Un país maravilloso para irse a vivir a Francia, tan pronto como hayamos conseguido que los franceses se trasladen a Alemania. Las francesas se pueden quedar.

Como sea, antes de invadir nada tenemos que sobrevivir a Nochevieja. En una barra libre los invitados tienden a pensar que la bebida se terminará en los próximos dos minutos. Eso les lleva a acodarse en la barra y consumir copas a gran velocidad. La sala se va llenando de pingüinos y princesas, pero ellos no sueltan la primera línea de hielo. Así, a nadie sorprende cuando acaban intentando comprar tabaco en el extintor y pidiendo fuego al surtidor de cerveza.

La barra libre es un error porque invita a los borrachos ocasionales a que ejerzan como tales. El borracho ocasional es un tipo que no bebe nunca, pero que cuando lo hace, de su interior brota un extraño anhelo por recuperar el tiempo perdido. Por eso bebe como los peces en el río y se comporta de forma excesiva en todo, menos en el respeto a las normas de convivencia. El resultado, horas después, es similar a una pulga cabreada vestida de etiqueta intentando dormir en el tubo de escape de una Harley Davidson. Un dolor que sufren los demás. No olvidemos que sólo hay algo más peligroso que un abstemio crónico y es un abstemio estacional. Un tipo que cree que le debe al mundo una borrachera es un capullo de tallo largo que se acerca a la primavera a punto de romper en muy capullo.

En previsión de lo que pueda pasar, recomiendo salir en Nochevieja con una fotocopia compulsada de los Deberes y Obligaciones del Borracho. A saber. La borrachera no exime de responsabilidades. Todo el mundo debería saber emborracharse correctamente hasta el extremo que sea sin hacer ruido alguno. El ruido es probablemente lo más odioso que hay en el mundo después de las políticas fiscales. Esta Nochevieja, una vez más, mientras garabateo canciones a oscuras en casa, lo que va a irritarme no es la peste etílica, ni siquiera descubrir a algún sinvergüenza haciendo pis en la escalera -lástima de guillotina oxidada-, sino todo ese ruido que asciende de la calle cada año y se pega al cerebro. Que no es música, sino ruido de juerga, pero de juerga mala. Si hablamos de medicina en términos serios no nos queda más remedio que admitir que el silencio debería ser inmune al beodo. Es más, en ciertos casos, debería poder zarandearlo y tirarlo al mar con una piedra al cuello. Eso sí, previo referéndum popular. Que la democracia no nos falte ni borrachos.

Hace años que comprendí la gran farsa de las fiestas de Nochevieja. Empiezas el año con una juerga en la que resulta obligatorio pasárselo bien, pagando una entrada disparatada, y escuchando canciones que harían estremecerse a los ingenieros penitenciarios de Guantánamo. En lo alto de la tarima hay mucha niña mona, pero ninguna sola. Y hasta los amigos más intelectuales te abandonan en mitad de la conversación más interesante, porque ha llegado la hora de bailar el Gangnam Style, que es una cosa compuesta por un surcoreano llamado Psy, que con toda seguridad fue inoculado en este país por Corea del Norte como primer paso para acabar con Occidente. Además, ahora te dejan entrar en la fiesta vestido de cualquier cosa. Ni rastro de la noble exigencia de la etiqueta. Las chicas se pasan la mañana en la peluquería y se visten de princesas, pero los tíos puede colarse en las galas de Nochevieja con la misma ropa con la que nuestros padres bajarían a desatascar una fosa séptica. La barra libre nunca está libre. Los borrachos están borrachos. El servicio hace horas que no da servicio. Y los matasuegras no funcionan.

¿Te ha gustado este artículo? Pide ahora El siglo no ha empezado aún y disfruta de éste y muchos otros textos de Itxu Díaz. Ilustraciones: Íñigo Navarro Dávila.