La temporada de bodas

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Este artículo, publicado originalmente en La Región en 2016, está incluido en el capítulo Estampas y costumbres: un periodista práctico del libro El siglo no ha empezado aún. Crónicas de un periodista en búsqueda activa de descanso. Ilustración: Íñigo Navarro Dávila.

Ahora todo el mundo empezará a casarse y no tendrás ni qué ponerte. No hace tanto podías repetir vestido o corbata sin preocuparte, pero ahora hay tipos que se pasan la vida escudriñando Facebook buscando diferencias entre bodas, solo para recordarte que has ido a las últimas tres con la misma ropa. A quien te lo diga siempre puedes argumentarle que él ha ido a las últimas diez con la misma cara de idiota, pero el daño ya estará hecho. Y además es cierto. Que Paula, Cristina, y Natalia estaban convencidas de que ese precioso vestido verde lo habías mandado hacer para cada una de sus bodas. Te descubrirán, crearán un grupo de WhatsApp entre las tres sólo para comentar lo arpía que eres, y será muy incómodo. Yo hace tiempo que no le digo a mis colegas que me he mandado coser una corbata para sus bodas, porque siempre me miran raro, como si la corbata tuviera un roto o algo, o como si me hubiera golpeado la cabeza al bajarme de la cama. Llevo siempre la misma corbata y, en caso de que haya moros en la costa –con perdón-, utilizo los filtros de Instagram para cambiar sus tonalidades de una ceremonia a otra.

Las parejas quieren casarse y es normal, pero además quieren casarse guapos, con sol, jóvenes –pero solo de aspecto-, con todos sus amigos presentes, en una solicitada catedral, y celebrarlo en el mismo hotel de cinco estrellas donde desea casarse todo el mundo. Cuando consiguen que todas estas variables se crucen en una fecha, fijan su boda con varias décadas de antelación. Quizá por eso muchas de mis amigas se han casado ya viudas, y la boda ha sido bonita, pero es como si le hubiera faltado algo. Por eso y por las discusiones sobre la organización de las mesas, que a menudo terminan con alguno de los novios arrojándose por el hueco del ascensor, con el croquis del banquete entre los dientes.

Solamente con la electricidad que desprenden unos novios debatiendo la combinación del color del ramo de la novia con el de la flor de la solapa de un padrino, podrían fundirse los polos del planeta, paralizarse el sistema solar, y hacer que los agujeros negros se conviertan en volcanes de neutrones escupiendo litio por las orejas. De algún modo se cumple eso de que cuando una pareja supera la organización de su propia boda, está realmente preparada para casarse. La discusión sobre cómo orientar la cama en el dormitorio es una nimiedad al lado del debate que puede generar el corte no del todo limpio de los cortapuros que ha elegido unilateralmente el novio, en su irresponsable inocencia, y en complicidad con el estanquero. Siempre tiene que haber un estanquero enredando a quien cargarle las culpas incluso de lo insípido del bogavante.

Y pese a todo, es su boda, así que no hay que compadecer a los novios, ni atormentarse por sus quebrantos. Nadie les ha obligado a celebrarlo como si realmente estuvieran enamorados y necesitaran hacerlo saber a todo el universo, y figurar en los libros de rankings de juergas más grandes de la historia, justo entre las bodas de Pocholo y las de Caná. A quien compadezco de verdad es a los asistentes. Casi nadie se merece que le golpeen con una de estas eternas y desmedidas bodas contemporáneas, excepto esas amigas que organizan despedidas de soltera en las que fuerzan a las participantes a salir de copas con un pene en la cabeza, que es probablemente lo más romántico, bello, y sutil que se ha ideado desde los arrobos de amor becquerianos.

Me siento muy unido al dolor de quien sufre en alguna lejana mesa del convite. Hay gente abominable que solo puedes encontrarte en bodas. Quiero decir que al salir de allí, ¡pluf!, desaparecen, y se reencarnan en la siguiente, para volver a dar el mismo espectáculo a otros incautos en otra mesa anónima y doliente. Dicen que trabajan en grandes compañías, hablan sin descanso en primera persona sobre economía o geopolítica, resuelven conflictos internacionales centenarios en cinco minutos, con no pocas alusiones a su testosterona, y tienen novias guapas, calladas, e inteligentes, que todo el mundo se pregunta cómo las habrán engañado.

Si un encuentro inesperado con los amigos de guardería en una mesa nupcial puede terminar en un espectáculo dramático, y requerir la presencia de la autoridad, los antidisturbios, y la brigada antidroga, caer en una mesa llena de desconocidos que están intentando ser conocidos a cualquier precio conlleva un tormento que tampoco le deseo a nadie. Son profesionales de esto. Estoy seguro de que se ofrecen como invitados comodín por un módico precio. Quedan bien en las fotos, de relleno, porque no se les oye. Pero luego beben, empiezan a relatar cómo Obama les ha suplicado personalmente que no salten a la alta política internacional por temor a perder su puesto en la Casa Blanca, y en general, se vuelven lo que se conoce como amigos del novio o amigos de la novia. Nadie sabe quiénes son pero están ahí, con una presunta filiación a muerte con ellos, y acaparando todo el protagonismo.

Por supuesto, las bodas tienen también cosas bonitas. Especialmente en la despedida, cuando te alejas zigzagueando descalzo, mientras las primeras luces del alba tiñen de rosa el pazo. Y ves la piscina, de agua clara, y las rosas alrededor, y te lanzas vestido. Y ella, que te seguía en silencio, hace lo mismo, y entonces todo son risas, y la orquesta suena, y salen las letras del final y alguien os lanza palomitas. Y en cosa de un par de años seréis vosotros los que se casan, y nadie te mirará, porque el novio es transparente siempre que hay por el medio una novia, algo que ocurre en la mayoría de las bodas; excepto en Taiwán, donde una empresa se está forrando con enlaces de singles que se casan consigo mismos. No es mala idea, aunque se acumulan los novios que se desgarran la mandíbula al término de la ceremonia, al intentar besarse a sí mismos. Pero tiemblo con que se extienda a España. Porque tengo un montón de amigos solteros que son carne de cañón para pedirse la mano a sí mismos, y lo que es peor, para concedérsela. Y no sé, pero seguro que eso se traduce en un montón de bodas más para el año que viene.

Yo, si he de ser sincero, estoy muy a favor de que la gente se case. Pero a lo loco, muy lejos, y sin avisar a nadie.

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