El despertar de la rutina

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Cómo van decayendo los días. Son cigarrillos urgentes a la puerta del trabajo. Un fulgor en la noche densa del verano. Cada vez el reloj más ligero. Se nos va terminando esa novela que hemos protagonizado durante semanas. Y la presencia de la playa empieza a resultarnos un poco impertinente. Adiós, adiós. Y se dejan los amores que eran para toda la eternidad. Fue el verano, dicen. Las cosas del verano. Un enorme crepúsculo a esta hora en que agosto se rinde a la presencia invasora de un septiembre joven y enérgico, lleno de promesas. Libros que huelen a nuevo. Hay pegamentos que no se nos despegan del recuerdo en toda la vida. Empieza, todo empieza cuando el verano acaba.

Este artículo de Itxu Díaz fue publicado originalmente en La Región el 30 agosto de 2015. Más artículos de Itxu Díaz en ‘El siglo no ha empezado aún. Crónicas de un periodista en búsqueda activa de descanso’. A la venta en nuestra tienda. Ilustración: Íñigo Navarro.

Ahora cae la noche antes de cenar. Luces rojas tintinean en el puerto. Solitario, como en calma después de la tormenta. Ni enero muestra la languidez de los últimos días del verano. Vagabundos de las vacaciones. Huérfanos de ilusiones. Pero recién casados con el nuevo curso, que va a ser el nuestro. Asoma el otoño dorado, con el telón de sus tardes ocre, y su viento cuajado de rimas. Asoman trajes largos y elegantes, y esas faldas cortas se estiran y ennoblecen las calles, con la presencia de la estación bella del año. Baja para siempre la marea. Asoma un cemento nuevo. Renovado. Un suelo que nunca antes hemos pisado.

Ya no nos hace gracia el viento. Ni los amaneceres. Que esconden todos la prisa del nuevo curso. Nos vibra el corazón cada mañana, porque estamos enamorados de las oportunidades que nos presenta septiembre, con todos esos puentes sin cruzar, con todas las esperanzas abiertas de par en par. Ya noviembre nos resultará terrible en su elocuencia, y diciembre nos postrará a los pies de la melancolía. Pero hoy, ocaso de agosto, tíñelo todo de rojo y llévanos a través de la noche de tus campos, hacia la niebla inédita de la gran ciudad.

Estrenamos cama y sábanas limpias. Qué frescor en la habitación. Qué ruido tan acogedor en el edificio. Lo habíamos olvidado todo. Nada queda más lejos que la cama del verano, con sus chillidos estridentes a media noche, y esos dolores de espalda al despertar. Siempre tan duro o tan blando el colchón. Ni rastro de los mosquitos. Ni el recuerdo de sus vampíricas intenciones. Nada. Solo la inmensa urbe durmiendo en lucecitas amarillas en las fachadas: todo el mundo tiene el sueño cambiado a finales del agosto.

El hombre de la armónica en la esquina llora himnos de nostalgia. Y unas manos blancas y jóvenes se separan dulcemente. Intentando guardar las unas de las otras un recuerdo para todo el invierno. Qué larga será la distancia. Pero qué recurrente la despedida del amor de verano. Una mejilla llena de besos y un bolsillo como un nido de versos. Y un largo poema de carretera, para estremecer los ojos clavados en el derrame del cristal del tren. Nadie puede pararlo hacia el destino inapelable. Y ella, siempre será la duda al otro lado del verano. Hoy presente, mañana, un recuerdo vivo, pasado, un ayer luchando por sobrevivir al olvido.

Aúllan los perros entre las huertas. Vuelven los pueblos a su soledad. Huele todo a tierra mojada. Vibran los primeros metros, los autobuses, y la locura de cada lunes embotellado en el semáforo, como cientos de víboras enloquecidas, todas con sus urgencias. Se reflejan pieles morenas y bellas en los cristales. Sueñan con gustar. Expanden vida y lloran oro. Y esos dientes tan blancos en caras como noches. Se acerca el tiempo del reencuentro. De volver a volver. El tiempo raro, melancólico y genial, feliz y triste a la vez, esperanzador y yermo, como ramas secas tras el incendio finito del estío.

Al mar se le pone cara de octubre, y las playas se llenan de los turistas de septiembre: amantes de la soledad y los libros; entornan los ojos al ver caer las nubes más allá del horizonte. Duermen pronto, bailan poco, sueñan mucho. Septiembre se lo comerá todo y nada puede evitarlo. Ni el tiempo sin tiempo, ni la vida a las puertas de otras ilusiones, ni un verdadero amor de verano. El sumidero previo a un nuevo embalse. Los últimos días dorados antes de que la luz rompa en dos la habitación en las primeras conquistas del sol de la mañana, con el rocío recordándonos que se acabaron los días de surfear horas vacías, y que hemos entrado de lleno en el tiempo de los calendarios, las alarmas, y las luces rojas de los despertadores marcando las horas de madrugada en la penumbra de la habitación.

Qué extraña quietud la del péndulo del tiempo, cuando reinicia su sima. Se pierde en un acelerón y aquí las tendremos a todas, de nuevo, puestas en pie, a todas las urgencias del curso, con la promesa de empujarnos a través de la ruta que conduce del otoño al invierno. Porque caerá otro invierno, aunque estas tardes pacíficas y llenas de luces añejas prometan otra estación de calma. Volverán los meses de carámbanos y su inclemencia. Y sus nieves, y su viento, y sus rayos y truenos. Volverán los abrigos y bufandas, y los meses en los que se nos van los que más queremos. Y se nos instalarán en la retina esos días que parece que no acaban nunca, aunque al otro lado del cristal la noche dure ya semanas.

Cómo se extingue el brillo en los ojos. Cómo se deprime el ímpetu en la conversación. Cómo nos va uniendo más el silencio que la música de baile. Y qué rojo parece todo a media tarde, en las últimas páginas de un libro arrugado por otro verano. Dos manos que se estrechan y una carretera que se abre hacia otro año vacío aún de decepciones. Muda suave el paisaje, que ya se han enfriado esas madrugadas traidoras, y se suceden los rostros de la rutina en el transporte urbano, hacia la novedosa antesala del tedio. Zarpan los corazones a la conquista de ilusiones, el baile de solitarios se asoma al despeñadero de septiembre, y nada puede detener el aullido del reloj. Y antes, en los prolegómenos de la explosión, el sol contrae todos los colores en las estiradísimas sombras de los campos. Aguardamos en silencio. Conteniendo la respiración. Por si pudiéramos salir de aquí como furtivos, de puntillas, sin que las flores de septiembre carguen con la pena de vernos partir de su belleza hacia el invierno.