Diario Coronavírico: DIA 2, luchamos contra un virus con un reto viral

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Me he levantado tan tranquilo. Se me había olvidado la crisis, el coronavirus y la madre que lo parió. Por eso me he quedado de piedra al entrar en el salón, aún con un ojo cerrado y el gorrito de dormir, y chocar con un palé de latas de melocotones en almíbar. Admito que la compra de ayer fue un poco compulsiva. Sobre todo porque soy alérgico al melocotón. De modo que ya le he preguntado a Amazon Alexa cómo fabricar combustible para la caldera con melocotones en almíbar. Ha respondido con ese tonito: “Llamando al Equipo A, mamón”.

Durante la mañana he llevado una férrea disciplina en casa. Me he sentado en la mesa con una pila de seis libros de Schopenhauer. Después he puesto un café en lo alto de los libros, los pies en la mesa, y he comenzado a revisar los mensajes en el móvil. Al terminar, era la hora de comer.

Reflexiono a media tarde sobre un asunto crucial: los españoles luchamos contra un virus con un reto viral. Llamo a un colega americano y se lo cuento: “No te digo que me lo mejores, iguálamelo”. He dedicado buena parte de la tarde a pensar seriamente en el coronavirus. No salgo de mi asombro. Algunos hemos hecho un esfuerzo titánico para dejar de fumar, para que ahora, en vez matarnos un elegante y sabroso cigarrillo, nos aniquile un maldito bicho que se parece al puntito del teclado después de recibir una descarga eléctrica. Sopeso la posibilidad de fumarme un puro. Veo en televisión colas kilométricas en los estancos. Descarto el puro. Prefiero mordisquear los cables de una bomba nuclear ahora mismo, antes que hacer una cola. En esto, el virus no me ha cambiado.



Me siento a responder mensajes en el móvil. Leo que un pangolín se ha entregado a la policía en Wuhan confesando el antídoto para asustar al coronavirus: el brócoli. No lo sé Rick… Personalmente tengo más confianza en el papel higiénico. Suenan las diez de la noche en el reloj del comedor. Hora de cenar. Recojo los libros de Schopenhauer. Mañana me tocan las obras completas de Paulo Coelho. Para cenar, digo. No pretenderás que lea semejante cosa.

Acaba la jornada y no he tenido ni un minuto libre. Llevo todo el maldito día ocupado leyendo los diarios de tipos que están confinados en casa contando que llevan todo el maldito día leyendo los diarios de tipos que están confinados en casa. Ya en cama. Me llega un WatssApp de un conocido con un texto y un video que no he abierto: “Seguro que estos días, aburrido en casa, te has preguntado cómo puedes hacer tu propia cerveza artesana…”. He respondido sin terminar de leerlo: “No. Y mantente alejado de mi cerveza”. Me ha vuelto a mandar el mismo mensaje. Contraataco: “Lo que sí me he preguntado es cómo hacer puré artesano de tu madre”. Me ha respondido al rato: “Pregúntale a Alexa”. Ya.

Me he levantado al cuarto de baño tras leer el último documento de prácticas sanitarias de la OMS. Hay que lavarse las manos cada vez que tocas un pomo o el grifo. Me he metido en el baño y he cerrado la puerta. He ido a hacer pis, lo digo para los periodistas de investigación que me leen, aunque ya sé que no es necesario que lo cuente todo, todo. Al terminar, he abierto el grifo y me he lavado las manos. Entonces he agarrado el pomo de la puerta. Me he quedado pensativo mirando las vetas de madera, como intentando recordar la fórmula del campo magnético creado por una corriente rectilínea. Entonces me he dado la vuelta, he abierto el grifo, me he lavado las manos. He cerrado el grifo con un simpático movimiento circular de codos, dispuestos tal que si fueran palillos chinos haciendo girar un guisante en un arroz tres delicias. Después he agarrado el pomo. Me he vuelto a quedar con la mirada perdida en la puerta de madera, pensando en el nombre del ganador de Eurovisión de 1993. Me he dado la vuelta, he abierto el grifo, me he lavado las manos. Ya domino el juego de codos. Creo que en dos meses podré fabricar relojes con ellos. A cama. He agarrado el pomo. Mierda. La mirada perdida otra vez en la puerta, meditando sobre la funcionalidad del imperativo categórico de la ética de Kant. Me he dado la vuelta. He abierto el grifo. Me he lavado las manos. Cierro. ¡Sí! Manejo los codos mejor que cualquier otra extremidad, incluida el cerebro. Interpreto durante un instante la coreografía de We are the world frente al espejo. Es hora de dormir. He agarrado el pomo. No me lo puedo creer. He abierto el grifo. Maldita sea mi sombra. Me he lavado las manos. Hasta los huevos. Necesito ayuda urgente para salir del bucle. Le he preguntado a Alexa y ahora estoy durmiendo en la ducha. Sé que son miles los españoles encerrados en el baño, durmiendo en la ducha en esta aciaga noche por seguir los consejos de la OMS a rajatabla. Mis pensamientos están con ustedes.

En medio de la crisis del coronavirus Itxu Díaz ofrece en abierto este Diario Coronavírico repleto de humor y crónicas de actualidad.