Diario Coronavírico: DÍA 14, mi patio interior es un agujero negro

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Me he cargado el grifo. Ya no me ando con coñas con el virus. Estaba desinfectándolo a martillazos y ha salido por los aires el mando giratorio. Ahora cae un hilito de agua, constante como un recaudador de impuestos. He llamado al fontanero. Nada funciona como antes: “No acudimos a domicilio por culpa de la pandemia, si quiere que le arreglemos eso deberá traernos la gotera al taller”.

Es el segundo incidente en 24 horas. Anoche estaba asomado a la ventana del patio interior. Calma y silencio. De pronto salió la vecina del tercero en pijama, la modelo Jacqueline, a tender la ropa. Era tal la belleza que hice la vista gorda ante su pijama de ciempiés. Por instinto me puse yo también a tender la mía, mirando su larga melena parduzca, sus delicadas manos de gacela, y sus ojos de almendra tostada con lascas de sal. Ya había tendido mis dos pijamas, y tres camisas, cuando la joven, amable y sonriente, me advirtió: “Señor Díaz, usted no tiene tendal. Su ropa está cayendo por el patio”. Y cerró la ventana.



De todos los dramas, el peor, sin duda, es tener que comunicarse con el vecino propietario del patio. Para no posponerlo, nada más levantarme me he plantado allí. He improvisado un responso y he llamado. Ding, dong.

– Buenos días. – mi mejor sonrisa.
– Hola, vecino – él ha puesto sonrisa de cocodrilo, pero de cocodrilo después de comerse una hiena.
– Verás, mi ropa ha caído en tu patio. – he dado sin querer un pequeño paso adelante.
– ¡Échate atrás ahora mismo, pedazo de idiota! – ha gritado, esgrimiendo un paraguas, ajustándose la mascarilla, rociándome con gel hidroalcohólico, y arrimando la puerta.
– Calma, calma. Perdón – retrocedo-. Necesito mi ropa, por favor, estamos en plena pandemia mundial y no tengo nada que ponerme.
– ¿Qué ropa?
– La mía, en tu patio…
– ¿Y se puede saber por qué lanzas ropa a mi patio?
– No la lancé. Estaba tendiéndola.
– ¡Eres el único vecino que no tiene tendal!
– Lo sé…
– Te negaste a pagar la cuota de la comunidad de vecinos cuando los pusimos, porque te parecía “una tontería colgar la ropa en un sitio que huele siempre a repollo hervido y pez muerto”.
– Lo sé.
– Pues no me vengas con tonterías. La has tirado a propósito. Eres tonto para toda la vida, en la salud y en la enfermedad, y yo tengo mucho trabajo.

Y ha dado un portazo. Ding, dong.

– ¿Y ahora qué pasa? – asoma solo una mascarilla.
– La ropa. Lo siento mucho. La necesito. No puedo salir a comprar. Solo por esta vez. Te prometo que no volverá a pasar.

Ha dudado un instante y me ha hecho un gesto para que le siga por su lúgubre pasillo hasta señalarme la puerta del patio.

– Y al agacharte, ten cuidado con el andamio que estamos armando. No vayas a romperlo de un cabezazo.
– Descuida.

Me he puesto a recoger la ropa y al removerla han aparecido un montón de cosas. Un calcetín de Papá Noël, una americana que perdí en la Nochevieja del 98, un ex novio de la bruja del séptimo, ya embalsamado y, oh cielos, un pijama de Jacqueline. Al verlo, he sufrido un vahído, lo he recogido, y me he incorporado como un resorte para salir corriendo a devolvérselo. Por supuesto, he olvidado lo del andamio, y el primer golpe ha sido en toda la frente, he salido despedido hacia atrás, donde me he golpeado mortalmente la nuca, y por último me he desplomado con la boca abierta contra la barra inferior, perdiendo dos incisivos y un premolar; algo de lo que no he sido consciente hasta que Jacqueline me lo ha hecho saber, conteniendo una náusea de grima, mientras yo le hacía entrega del pijama con una gran sonrisa en la que varios piños habían causado baja.

Al fin, he tenido que bajar a por los dientes. Ding, dong.

– Vecino. ¿OTRA VEZ TÚ?
– Verás. Te vas a reír… pero tengo que pedirle un grifo nuevo al Ratoncito Pérez.



En medio de la crisis del coronavirus Itxu Díaz ofrece en abierto este Diario Coronavírico repleto de humor y crónicas de actualidad.