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Europa no estaba preparada para el coronavirus (y puede que nunca se recupere por completo)

Por su interés, y en respuesta a las solicitudes recibidas, ofrecemos hoy en español esta tribuna de Itxu Díaz publicada en National Review el 28 de marzo de 2020:

El 28 de noviembre de 2019 la Unión Europea declaró oficial y solemnemente la “emergencia climática”, en una ceremonia presidida por la vidente de 17 años de edad Greta Thunberg. Hoy, casi cuatro meses después, con una emergencia real, lo único oficial y solemne que queda es el ridículo de esa declaración. Eso, y la pelea a muerte entre los socios de la Unión por confiscar contenedores de respiradores y mascarillas que iban destinados a otros países, para salvar a los suyos. “O la Unión Europea acierta en esta crisis sanitaria, o habrá muerto”, le escuché anteayer decir al expresidente del Parlamento Europeo Antonio Tajani. Por el momento la Unión Europea está tan desaparecida como la “emergencia climática”. Y cada día que pasa disminuyen las esperanzas de encontrarla con vida.



Hace un mes, mientras el coronavirus lanzaba su conquista en el Viejo Continente, los europeos andábamos ocupados con asuntos mucho más importantes que una “pequeña gripe”. A comienzos de marzo, el Gobierno comunista de España dedicaba sus energías a aprobar su aberrante “ley de libertad sexual”. Con ese nombre pareciera que los españoles llevamos dos mil años reproduciéndonos por esporas. Mientras, en la prensa suiza, por extraño que parezca, el principal empeño era derribar la monarquía española, como si los españoles no hubiéramos tenido bastante con la quema de iglesias y los asesinatos que llevó a cabo la Segunda República. Y pocos días antes, el 2 de marzo, el gran asunto suizo era la celebración de un referéndum para aprobar una ley que prohíba cualquier comentario o actitud contra las políticas homosexualistas. Imposible no recordar la advertencia que el intelectual colombiano Gómez Dávila hizo a finales del siglo XX: “a pesar de lo que hoy se enseña, el coito fácil no resuelve todos los problemas”.

En Suecia, en Alemania y en media Europa, otro asunto ocupaba la primera plana el 7 de marzo: las declaraciones de Greta Thunberg (de nuevo) sobre la necesidad de imponer medidas que premien a las mujeres frente a los hombres. En esos días, el gobierno de Holanda anunciaba un proyecto de ley que permitirá la eutanasia a cualquier persona mayor “cansada de vivir”. A nadie sorprende que ahora Holanda no muestre la menor inquietud por este asunto del coronavirus. Lo último que hemos sabido de Holanda es lo que están pidiendo a su gente desde los canales institucionales: “No traigan a los pacientes débiles y a los ancianos al hospital”. Solo tienen interés por salvar la vida a los jóvenes. Supongo que son más fotogénicos en las postales de campos de tulipanes.

También en la primera semana de marzo, casi la totalidad de la prensa europea dedicaba ríos de tinta a debatir sobre si dos atletas transexuales deberían competir en los Juegos Olímpicos de Tokio como hombres o como mujeres. Uno de tantos periódicos progresistas europeos comenzaba así tan trascendental noticia: “En pleno siglo XXI queda aún mucho por hacer en temas como el racismo, el machismo o la religión. E incluso también en la identidad sexual”. Un clásico. No falla. Si quieres desenmascarar a un vendedor de crecepelo, busca en su discurso las frases “en pleno siglo XXI” y “queda mucho por hacer”.

En Alemania, la polémica nacional de comienzos de marzo versaba sobre la propuesta de instalación de una enorme estatua de Lenin en una pequeña ciudad de Renania del Norte. Interesante. Desconozco si era para asustar al virus. Pero mi tema favorito es el de Escocia. Mientras la pandemia comenzaba a extenderse dramáticamente, el debate estrella escocés era la imperiosa necesidad de una nueva ley del gobierno para ofrecer gratis tampones y compresas. El asunto trascendió a Escocia y fue objeto de sesudos editoriales en la prensa europea. Está claro que la fiesta de la incompetencia y la política de unicornios debía durar hasta el último minuto antes del cataclismo.



Todo el mundo quería alargar la última copa en el Titanic. Nadie quería irse a dormir. La ONU tampoco. El 10 de marzo, con 118.100 diagnosticados y 4.262 fallecidos por coronavirus en Europa, la ONU daba una rueda de prensa para comprometerse a luchar política y económicamente contra la emergencia… ¡climática! Sí, por lo visto el plan de estos tipos es que los humanos leguen un bonito y templadísimo planeta a los pangolines. Así, el secretario general Antonio Guterres se desgañitaba presentando un informe que dice que la aceleración del cambio climático disparará las muertes por calor y dengue en África, y causará sequía y trombas de agua en países como España, sin explicarnos cómo demonios es posible morir sedientos y ahogados al mismo tiempo. En realidad, tampoco esperamos explicaciones de un expresidente de la Internacional Socialista que elogia las políticas del régimen cubano y que ahora insinúa que la respuesta de China al coronavirus es el ejemplo a seguir. No obstante, alguien debería aclararle que China será el ejemplo a seguir en una crisis sanitaria cuando deje de ser una dictadura comunista, y cuando los chinos dejen de comerse sin control todo lo que se menea por la selva.

En medio de este festival de frivolidad, llegó a Europa la cruda realidad. En diez días hemos descubierto que ni el asunto de los tampones, ni la participación de transexuales en los Juegos Olímpicos, ni la emergencia climática, eran problemas reales, ni emergencias, ni nada que se le parezca. Eran solo problemas-ficción, pasatiempos propios de una generación sin tragedia.

Las reacciones de los políticos en Europa reflejan el desconcierto de quienes vivían en Matrix y se han despertado. La mayoría de gobiernos en Europa han pasado de la negación al caos. Pero es probable que el más vil haya sido el gobierno socialcomunista de España, que animó a los españoles desde sus instituciones a participar masivamente en las marchas feministas del 8 de marzo, ocultando hasta el día 9 de marzo los informes que advertían que el coronavirus estaba ya fuera de control en el país. Quizá tengan que responder ante los tribunales. La vicepresidenta Carmen Calvo decía entonces que ir a las manifestaciones era una obligación para cualquier español: “le va la vida, le va su vida en ello”. Ella se refería a la violencia contra las mujeres, creo. Sea como sea, se confirma que el gobierno de Sánchez solo dice la verdad sin querer, porque sí, estaba en juego la vida de muchas personas, como por desgracia hemos podido comprobar. Ahora Calvo se recupera de coronavirus, al igual que la mayoría del Gobierno que participó en las manifestaciones. Claro que los españoles no parecen preocupados porque el Gobierno se tome unos días de vacaciones: cuando actúan es peor. Dentro de este festival de incompetencia, el Gobierno está devolviendo en este momento miles de test defectuosos que compraron hace unos días. El presidente salió a presumir el pasado sábado: “Son test homologados y eso muy importante, muy importante”. No funcionan. No estaban entre los homologados en China. Les han timado. Una broma en España dice: “Me he hecho el test del coronavirus que ha comprado el Gobierno y… ¡es niña!”.



Algo similar ocurrió en Francia, donde Macron cerró bares y discotecas pero se negó a suspender las elecciones del 15 de marzo. Aun así, hasta hace unos días, Alemania y Francia presumían de buena gestión. Pero lo cierto es que mentir no resuelve el problema: ahora hemos sabido que ni Alemania ni Francia están contando las muertes por coronavirus que se producen fuera de los hospitales, y que los alemanes evitan señalar “muerte por coronavirus” cuando el paciente tenía otra patología previa.

Entre el 8 y el 15 de marzo, todos los países de Europa fueron cerrando unilateralmente sus fronteras. Durante veinte días la Unión Europea ha sido inexistente. Y aún hoy está debatiendo posibles medidas económicas, sin tomar ninguna decisión. El principal obstáculo para el acuerdo económico es que los países que durante años han sido ahorradores, en particular, Holanda y Alemania, se niegan a volver a pagar con su dinero la juerga del despilfarro de los países mediterráneos. Y es comprensible. No obstante, para quienes ahora van por libre, como Reino Unido, las cosas no pintan mejor. Pagarán un precio muy caro a su política inmunológica experimental. La infección de Boris Johnson parece una señal. Para sobrevivir en un mundo globalizado hay que hacer algo más que llevarle la contraria a todo el mundo a todas horas.

Europa, cuyas naciones lo habían apostado todo a un Estado todopoderoso, capaz de proteger a los ciudadanos de todo mal, ha sufrido un cruel desengaño. El futuro es incierto pero lo que es seguro es que muerte y pobreza son dos palabras que van a acompañarnos durante mucho tiempo. Los europeos echan en falta ahora a gobiernos competentes, una sociedad civil cohesionada, una administración económica responsable, y a ciudadanos capaces de dar su vida por los demás, es decir, ciudadanos con valores. Los mismos valores que fueron deliberadamente excluidos en la Constitución Europea para contentar a los laicistas de extrema izquierda.

Tajani tenía razón.

Aquí, el artículo original en National Review.