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El coronavirus está obligando a Europa a redescubrir la iniciativa privada, artículo de Itxu Díaz en National Review

A continuación reproducimos en español el artículo de Itxu Díaz publicado por National Review el 2 de abril de 2020.

André Muswieck es un bombero alemán. A las siete de la tarde del pasado lunes sonó el teléfono en su parque de bomberos de Bergen auf Rügen, a 200 kilómetros de Berlín. Al otro lado de la línea no había ningún incendio, al menos ningún incendio de los que él acostumbra a apagar. Era la voz de la canciller alemana Angela Merkel, que deseaba interesarse por su importante contribución a la sociedad en ese preciso instante de su vida. Muswieck no fue maleducado, pero sí lacónico: “Oiga, en este momento no estoy para putas bromas radiofónicas”. Y colgó.

Merkel no está acostumbrada a que le cuelguen el teléfono. Y menos los bomberos. Tal vez nadie está preparado para que le cuelguen el teléfono los bomberos. Todos hemos querido ser uno de ellos de niños. De modo que volvió a llamar y, esta vez sí, logró convencer a Muswieck de que era la auténtica Merkel. Así pudo felicitar a los trabajadores de Emergencias por su apoyo en la crisis sanitaria. Pero lo que me gusta de la historia no es Merkel sino Muswieck, porque encarna al nuevo héroe: un tipo de persona que no puede ni sospechar que recibirá la llamada de alguien importante por el mero hecho de estar haciendo su trabajo. Muswieck es la sociedad civil. Lo que necesitamos. Cuando alguien te diga que el modelo para salir de este lío es China, la criminal dictadura comunista, recuérdale que China no es la solución sino el problema. La verdadera solución es Muswieck.



El ídolo nacional ahora es un tipo normal. Trabaja en un hospital, conduce un autobús, lleva fruta a un supermercado o vigila una central eléctrica. No tiene conciencia de estar salvando a la humanidad con su trabajo. No pretende concienciar a nadie. En general no pretende nada más que hacer lo que es su obligación y morir en acto de servicio si es necesario. Tampoco espera honores de Estado. Se contenta con cobrar a fin de mes, si es posible.

Nuradin, conductor de la línea 110 del autobús en Berlín, es uno de esos nuevos héroes. Entrevistado en la prensa alemana, explica cómo es su día a día expuesto al coronavirus. Recibe felicitaciones de los pasajeros que hasta entonces ni le hablaban cada mañana. Su respuesta es genial: “no es nada, alguien tiene que hacer este trabajo”. Algo parecido decía Giuseppe Berardelli, hasta que se contagió de coronavirus. Era sacerdote en Bérgamo, Italia. Tenía 72 años y murió tras donar su respirador mecánico a otro paciente más joven. El respirador había sido comprado por los fieles de su parroquia para Giuseppe, pero éste lo rechazó para salvar la vida de otra persona. Nadie pudo acudir a su funeral por culpa de las medidas sanitarias. Pero toda la ciudad aplaudió para despedir al padre Berardelli.

Cada uno a su manera. Giuseppe, Nuradin, y Muswieck nos están salvando en esta triste hora de la Historia. Su ejemplo se expande. Las redes sociales también están sirviendo para canalizar lo mejor de la sociedad civil. Primero fue en Italia, más tarde en España y ahora en todo el mundo. El mensaje viral: “Hola soy Antonio, médico internista jubilado. Si durante la cuarentena necesitas ayuda por una urgencia médica pero no es demasiado grave como para ir al hospital y no localizas a tu médico, yo puedo atenderte gratis. Envíame un privado”. Después fueron decenas de médicos jubilados los que enviaron mensajes similares a sus redes. Más tarde se han ido uniendo otros profesionales, parados, jubilados, gente con tiempo libre. Los maestros ofrecen a los padres desesperados ayuda para la educación en casa, los libreros dan consejos personalizados sobre libros para lectores en cuarentena, los ingenieros de alimentos instruyen a quien lo necesite sobre cómo conservar la comida durante largo tiempo, los futbolistas enseñan a los políticos a tocar las pelotas. Todo en orden.



Desalentados por lo útiles que resultan a la Humanidad los médicos, los científicos y los psicólogos, los de letras sufrimos un ataque de celos. Nos vengamos en Twitter hace unos días: Hola, soy filósofo. Si durante la cuarentena necesitas ayuda sobre la ética tomista pero no es demasiado grave para acudir a urgencias tomistas y no localizas a tu filósofo de cabecera, yo puedo atenderte gratis. Envíame un privado. Los españoles estamos confinados. Pero no pretendan que de repente nos tomemos todo en serio.

Hace unos días supimos por la prensa que el Gobierno de España había sido incapaz de conseguir mascarillas, respiradores, o test –tuvieron que devolver 650.000 defectuosos porque los timaron unos chinos-. Por eso muchos médicos se estaban jugando la vida atendiendo a pacientes de coronavirus sin protección, o envueltos en bolsas de plástico, mientras la tasa de infecciones entre sanitarios se disparaba. La reacción fue inmediata.

Inditex, la textil más grande del mundo, puso a disposición del Gobierno su inmensa logística, trajo a España medio millón de mascarillas, y donó millones de euros a los hospitales. Me gusta presumir de ello porque es de mi ciudad natal, La Coruña. Su dueño es el multimillonario Amancio Ortega, un tipo de origen humilde. En 1975 abrió su primera tienda de ropa. Hoy tiene más de 7000. La mayoría del los españoles reaccionaron con agradecimiento a las donaciones de Inditex, pero no todos. La izquierda aprovechó las donaciones de Inditex para organizar una campaña en Twitter contra Ortega. El propio vicepresidente del gobierno, el comunista Pablo Iglesias, ha afeado a Ortega por sus donaciones a la sanidad pública en varias ocasiones: “España no es una república bananera que dependa de que un señorito venga dando cosas”.

Es mejor que hagan como que no han escuchado nada. Como esas monjas, ajenas a estas polémicas, que hace varias semanas comenzaron a coser mascarillas en sus conventos. Lo mismo están haciendo ya los abuelos en las residencias de ancianos, mientras que los poseedores de impresoras 3D han comenzado a compartir planos de respiradores y a imprimir sus piezas. Lástima que aún no existan los planos para imprimir gobernantes.

Por lo que estamos viendo en Europa, este nuevo perfil heroico surgido de la sociedad civil representa una amenaza para la izquierda, porque con su iniciativa individual contribuye a cohesionar la sociedad, a unir la nación. Porque no espera a que el Estado le fuerce a hacer su obligación para hacerlo. Y por último, porque su aportación al bien común está por delante de su ideología. Un país unido y cumpliendo con su obligación por individual responsabilidad, es incompatible con políticos que pretenden que el Estado proporcione un salario mínimo universal pagado por el Ministerio de Unicornios o que pretenden confiscar un buen pedazo del sueldo de los trabajadores para financiar, no sé, la Asociación de Protección de los Derechos de los Malditos Pangolines. Supongo que son las típicas cosas que apoyas a muerte hasta que debes hacerlo con tu propia pasta.



Cuando la mayoría de la gente practica la caridad – la solidaridad es más bien mala conciencia del socialdemócrata millonario-, el Estado se hace menos necesario. Por eso la izquierda necesita desactivar ese sentimiento de unidad que nace en momentos de tragedia. Pondré un ejemplo de mi país pero prométanme que cuando piensen que somos un atajo de idiotas recordarán que se trata solo de la excepción, que en realidad España es una gran nación.

Esto ocurrió en mi patio de vecinos. Aquí. Cuando empezó el confinamiento, alguien convocó a todo el país en Twitter para que saliéramos a las ocho de la tarde a la ventana a dar un fuerte aplauso a los sanitarios. El primer día fue emocionante. Hasta mis vecinos más hoscos y cascarrabias se asomaron a la ventana y aplaudieron. Parecía una película de Frank Capra. Solo faltaba la nieve. Al segundo y el tercer día, el aplauso fue aún mayor e iba seguido de gritos de “¡Viva España!” y “¡Ánimo, vecinos!”. Al cuarto día, la izquierda, con el citado Pablo Iglesias, convocó a los vecinos a golpear sus cacerolas en contra del Rey de España, que representa la concordia nacional. De modo que una serie de vecinos se asomaron a los balcones con sus cacerolas y comenzaron a golpearlas con ese ahínco con el que solo sabe romperte la cabeza un vecino progresista confinado en cautividad. Como consecuencia, al llegar la hora del aplauso, la ovación degeneró en una escalada de insultos. Ahí terminó la concordia nacional. Y ahí la izquierda comenzó a pescar en su río revuelto preferido, el caos.

Esa necesidad de división, de pobreza moral y material, explica por qué en Cuba y en Venezuela la crisis ha sido recibida con satisfacción por sus gobernantes. Las medidas extraordinarias contra la pandemia que anunció el régimen cubano han provocado titulares hilarantes en la prensa internacional: “Cuba prohíbe a sus habitantes salir de la isla”. Supongo que todo estábamos deseando este cambio de postura en el régimen. Pero Cuba y Venezuela se hundirán con la pandemia. Por desgracia, allí el único estímulo que recibe la iniciativa privada por parte del Gobierno es el de las descargas eléctricas en la cárcel del Helicoide.

Para ser justos, la izquierda no es más razonable en otras latitudes. Recuerden el pasado 12 de marzo al presidente de México, López Obrador, hablando del coronavirus: “Miren, lo del coronavirus, eso de que no se puede uno abrazar… ¡hay que abrazarse, no pasa nada!”. Había ya más de mil muertos en Europa. Creo que López Obrador trató tranquilizar a los suyos imitando al John Wayne de The Quiet Man pero resultó idéntico al Leslie Nielsen de Airplane!, que en elocuente iniciativa fue titulada en Latinoamérica como ¿Dónde está el piloto?


En todo Occidente, los gobiernos están imponiendo férreas medidas de confinamiento, un recorte de libertad sin precedentes. No hay alternativa. Pero para que ese plan funcione es necesaria la cooperación privada. Los estados modernos no tienen poder real para contener y dirigir a la totalidad de sus ciudadanos, gracias a Dios. China solo hay una y es un maldito infierno. Cualquier occidental preferiría tres coronavirus al mes antes que vivir en una dictadura comunista donde la vida humana carece de valor.

Por eso es la hora de la sociedad civil. La hora de cada hombre. La pandemia nos golpeará muy fuerte. Tal vez arrase el mundo que conocimos, pero el nuevo mundo no lo levantará un Estado sino cada uno de nosotros. Es buen momento para recordar al pensador colombiano Gómez Dávila: “hombre decente es el que se hace a sí mismo exigencias que las circunstancias no le hacen”. La receta contra la crisis es clara: cada individuo debe actuar como si el Estado no existiese, y cada Estado debe actuar como si no existiese la iniciativa individual. Y después, que cada uno rece lo que sepa.

Lee aquí el artículo original de Itxu Díaz en National Review.