La dieta Carmena

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Como es la hora del desayuno, por empezar con algo suave y evitar ardores, he comenzado comiéndome los limpiaparabrisas. Les he puesto un poco de sal. Están llenos de proteínas, dicen, por los insectos momificados. Esto me lo repito mucho para hacer más llevadero el trago. He dudado entre ingerirlos enteros como las delicias de un japonés o trocearlos. Finalmente los he engullido de una pieza, así que ahora no puedo agacharme, porque desde dentro me impiden doblar el torso, si es que tengo tal cosa.

Después he desgajado los retrovisores como si estuviera desmontando un langostino. La parte plástica está rica, pero los cristales crujen demasiado cuando los vas aplastando con los molares. Tanto, que el ruido sale al exterior aunque mastiques con la boca cerrada, así que la gente se ha parado por la calle y ha empezado a grabar videos con sus móviles como si nunca hubieran visto a un tipo engullendo su propio coche.

La puerta me ha costado un poco; no comérmela, sino arrancarla. Lo malo es que me he olvidado de sacar el DNI del lateral, así que ahora además de visitar al endocrino tendré que hacer cola en la policía y explicarles a los agentes que para identificarme, de ahora en adelante, necesitarán hacerme una ecografía.

Las ruedas han sido lo más sencillo. Lo realmente complicado de las ruedas es cambiarlas cuando se pinchan; comérselas es fácil, si sabes cómo. Por momentos he tenido la sensación de estar masticando chicle. Un tornillo camuflado me ha partido las paletas  cuando más lo estaba disfrutando –esto es un mensaje para mi dentista: los martes por la tarde, puedo-.

El motor lo he desmontado con paciencia y, a modo de surtido de aperitivos de la casa, lo he degustando lentamente para disfrutar en plenitud de sus matices: el aceite quemado es un verdadero hallazgo. No son cocochas de merluza en salsa alioli pero se parece bastante al pescadito frito que dan en algunos chiringuitos.

Más tarde he procedido a desmontar los asientos y engullirlos con avidez. El principal problema es que llenan demasiado. Es como comerse el somier de cama y dejar el colchón para el postre. Aparte la espuma te absorbe todo el agua del cuerpo, te quedas como deshidratado y se te van acartonando los ojos. No recuerdo cuándo fue la última vez que logré pestañear. En este punto es donde he empezado a echar en falta una botellita de vino.

No he querido dejar toda la carrocería para el final, así que la he ido picoteando entre plato y plato, de modo que el coche ha perdido forma y volumen poco a poco. Toda esa chatarra es lo más parecido que he visto a los snacks de marca blanca.

El freno de mano es como las patas del marisco: solo se chupa. Si te lo zampas, después se te pegan constantemente las suelas de los zapatos y vas rascando acera al andar. Me ha dolido especialmente tener que comerme la radio, porque tenía un montón de canciones bonitas en el cedé que olvidé sacar antes de empezar el banquete. Por último, había olvidado el volante. Entra bien porque cuando se atasca, lo vas girando y cuando te das cuenta, ya te lo has tragado. Contrapartida: ahora cuando alguien me golpea la barriga, pito.

Al final de la comilona, solo han quedado en el suelo las migajas y algunos tornillos, a los que espero que no multen por ocupar plaza de aparcamiento de la zona SER.

Ya sé que los apóstoles de la dieta mediterránea recomiendan evitar la ingesta de automóviles, pero la Alcaldesa no me ha dejado opción. Si no tienes plaza de residente, vives en el centro, trabajas en el centro y no estás dispuesto a extirparte un riñón y depositarlo en la caja de algún parking público, lo único que puedes hacer estos días en Carmenópolis es comerte el coche. La otra opción –ya que no parece el mejor momento para exiliarme en Colauburgo- es pasarte el día entero montado en el coche y circulando, pero no estoy seguro de que eso reduzca la contaminación.

Confieso que estoy en deuda con Doña Carmena por descubrirme nuevos horizontes culinarios. La experiencia ha sido tan grata que ahora cada vez que veo una moto ya me pica el gusanillo. Y estoy salivando ya solo de pensar en cuando lleguemos al Escenario 3 del Protocolo Anticontaminación y, con la excusa, pueda merendarme un par de Emovs.