Hospitales con encanto

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Esta columna de Itxu Díaz fue publicada originalmente en La Región el  2 de marzo de 2013 y está incluida en El siglo no ha empezado aún. Ilustración: Íñigo Navarro.

Sonrío con todos los dientes al aire. Firmo papeles sin prestar atención. Acostumbrado al check-in de los hoteles, hacerlo en un hospital infunde una extraña sensación de desasosiego. Mientras en el hotel lo habitual es ver hombres vestidos de negro que llegan a tarde a todo, y turistas nórdicas haciendo cola en recepción y sacándose fotos con el encargado de mantenimiento, en el hospital pasan a gran velocidad camillas con enfermeros que transportan moribundos o mutilados mientras comentan si esta noche se decidirán por el plato combinado con ensaladilla o la hamburguesa completa. A veces los enfermos vienen por su propio pie y es peor aún. Hace un rato he visto pasar a uno con su pierna bajo el brazo y con una desbrozadora en la otra mano. La burocracia de la recepción de Urgencias desconoce el sentido común.

– Cuénteme qué le duele –dice una joven auxiliar mientras atiende tres llamadas de teléfono y teclea en el ordenador los datos del anterior paciente-.

– ¿Usted qué cree? –exclama el enfermo blandiendo su pierna y haciendo rugir un par de veces la desbrozadora como si fuera una Harley-.

La sala de espera está llena de gente que no parece estar en su mejor momento, nadie nos ha trasladado las maletas, y la de recepción ha torcido el gesto cuando le he preguntado por el cóctel de bienvenida. El cruce de miradas se intercala con ojos clavados en las baldosas. Una señora con aspecto de estar sanísima habla por teléfono con su familia para explicarle cosas bastante obvias: estoy en el hospital, hay mucha gente, hay días que hay  menos gente, hay días que no estoy en el hospital.

Otro paciente es incapaz de estarse quieto con unas bolsas de plástico que hacen muchísimo ruido. Menea sin descanso una enorme litrona con un líquido amarillo. Se confirma que tengo un imán para atraer a señores que portan frasquitos con orina en las salas de espera. Siempre se me pegan y, si pueden, confraternizan, debatiendo los pormenores de la hazaña, y comentando las facilidades biológicas de los varones para rellenar frasquitos de orina sin manos. Es un tema que me apasiona. Al menos si lo comparamos con sostenerle un instante la pierna autónoma al mutilado mientras busca su tabaco.

Empiezo a inquietarme en la espera. Festival de toses y estornudos. En la televisión pública dan los resultados del referéndum de Escocia y sale gente de CiU a hacer las valoraciones a pie de urna. Es algo así como preguntarle a Butragueño cómo se siente después de la eliminación de Sharapova en los octavos del Abierto de Estados Unidos.

No sé cuánto tiempo más podré contener la respiración. Hay una octogenaria al lado hiperventilando y no tengo muy claro si se va a desmayar, o si va a dar a luz a un nieto. Me concentro en mirar allá donde no hay sangre, pero hay días en que los hospitales son una carnicería. Las caras no pueden ser más largas. En los altavoces “Familiares del señor Arturo Díaz”, “familiares de Truán Ramírez, “familiares de Doña Concepción”. De pronto, “familiares de Franco”. Silencio. Un viejecito diminuto, en el que nadie había reparado antes, suelta con voz de pito “¡ha muerto!”. Y se troncha. Jaleo, voces, y algarabía. Pérdida total de compostura durante un instante. Después todos vuelven a sus dolores y sus caras agrias.

Nos llaman desde recepción y me paso media hora cubriendo papeles. No soy el paciente, sino el acompañante, pero las de recepción realizan más comprobaciones de identidad a quien pide las contraseñas del wifi que al que viene a recibir el riñón de un donante.

La habitación es amplia y luminosa. Escribo agazapado en el baño, más grande que el resto de la estancia, lo que me permite hacerlo en folios y no en octavillas. Practico la escritura al aire, que consiste en escribir sin tocar nada. Imagino que cada esquina de este baño es un zoológico en miniatura. Los virus de estos sitios, además, se ponen como locos cuando asoma por la puerta un tipo sano, hartos de víctimas delicadas a las que casi no pueden sacarle partido.

No hay nada peor que ser el acompañante. Los doctores te desprecian, las enfermeras guapas ni te miran, las bacterias en cambio se te abrazan, y las señoras de la limpieza te friegan los pies. De mi larga experiencia en hospitales, hace tiempo concluí que es mucho más peligroso ser acompañante que paciente. Si alguna vez te toca ir de centinela, toma nota.

Como norma, en los hospitales nunca hay que ponerse a tiro. Siendo acompañante, lo mejor es permanecer recluido en la habitación, y si te tienes que desplazar por la planta, te aconsejo que lo hagas pegado a la pared. El peligro es máximo en las zonas de mucho tráfico de gnomos de bata blanca. Hay poco tiempo en Urgencias y las decisiones se toman en un segundo. Me cuentan que hace un par de semanas operaron a una de las de la limpieza. Fregaba un quirófano. El cirujano y su equipo tenían programado retirar un peroné a una mujer adulta. La anestesista no dudó en dormir a la única que andaba por allí a la hora de la intervención. A nadie sorprendió un paciente fregando porque en un hospital a nadie le sorprende nada.

Hace algunas horas, yo mismo estuve a punto de recibir una inyección no identificada, cuando me quedé dormido del revés en el sillón de acompañante, con la cabeza hacia abajo y el culo en pompa. Me había costado media noche encontrar la postura perfecta. De madrugada las enfermeras recorren cientos de habitaciones repartiendo pastillas e inyecciones a tientas y, como es lógico, siempre van a por el culo más fácil. Reaccioné al olor del alcohol, y grité con aplomo militar la ristra de cosas a las que soy alérgico. Es lo único a lo que prestan atención a esas horas.

Al margen de estas pequeñeces, no sería justo obviar que el trato en este hospital está siendo exquisito, que hasta he logrado que una bella enfermera pelirroja me traiga un cubata cada noche a la hora del cambio de goteros, y que en general los médicos son extremadamente respetuosos con los culos de los acompañantes. Algo que no puede decirse, por ejemplo, de ciertos partidos con sus votantes.