Entre tontos anda el Quero

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Anoche tuve la suerte de acudir al estreno de No cabe un tonto más, el show de mi querido Javier Quero. Nos conocemos desde hace 65 millones de años, cuando nos paseábamos delgadísimos en diplodocus de última generación mientras vacilábamos a los braquiosaurios por haber echado tripa a los 40. Luego vino lo del pepinazo meteórico –Dios ya daba la razón a mi compadre: entonces tampoco cabía un tonto más y hubo que hacer sitio- y se fue todo al carajo, menos Quero y yo, que estábamos a cubierto, discutiendo quién debía pagar la cuenta en una discoteca llena de trogloditas que también debieron sobrevivir, porque me los sigo encontrando cada noche en el mismo local.

Que a estas alturas a mí me sorprenda Javier Quero es tan difícil como que un cabrito pase por el ojo de una bruja. Y sin embargo, lo hizo, el muy cabrito. Por desgracia, España emplea en el humor el mismo molde que en el famoseo, eso tan terrible de que cualquiera puede hacerlo, y eso mantiene a una parte de los españoles precavidos ante la amenaza de humoristas que en realidad no tienen gracia pero aún no lo saben. Esa precaución hay que desmontarla de una vez por todas cuando quien está sobre las tablas es Quero, el talento humorístico más afilado, inteligente y trabajado que he tenido la suerte de conocer.

Durante hora y media que dura el show, Quero nos hace pasar por todas las vetas de la historia del humor, por todos los formatos. Del monólogo a la parodia de situación, de la ironía al sarcasmo, del humor absurdo a la imitación, del humor blanco a la sátira más punzante. No deja títere con cabeza. No porque se ría de sí mismo, y después de todo lo demás, sino porque a los títeres les resulta imposible mantener la cabeza en su sitio ante la sucesión de carcajadas. Nota para profanos: los títeres son muy de reírse agitando los hombros.

Mención aparte merece el constante y disparatado desfile de personajes famosos sobre un guion trepidante que despierta admiración tanto por el resultado como por el trabajadísimo hilo que lo conduce –todo ello, recordemos, con un solo hombre sobre el escenario-: desde Donald Trump hasta Carlos Herrera, desde Paco Marhuenda hasta Echenique, desde Bertín Osborne hasta García Ferreras. O los cantantes: Coque Malla, Serrat, David Summers, Sabina, Julio Iglesias, Rafael…

Quero ha hecho el show de Quero, con todas las tablas que le han ido convirtiendo en el humorista total, en la mejor referencia del humor español del momento. Un espectáculo de hora y media de duración que a todos nos dejó agotados –de reírnos- y con ganas de volver a verlo para reírnos más, para captar los matices, para disfrutar también con su genial capacidad de improvisación.

Hay que ir a verlo. Es una de esas pocas ocasiones en las que recomiendas a un amigo que acuda a un show de humor en el teatro y puedes hacerlo sin taparte la nariz, con la seguridad del que sabe que le está regalando hora y media más de vida.

Lo de anoche me ha dejado agujetas en los carrillos. Que yo tengo carrillos, lo de Quero son mofletes. A propósito, le encanta que se los pellizquen con ahínco al terminar la función. Los mofletes. Y tomen nota de las señas si quieren acabar igual: No cabe un tonto más entradas aquí. Los martes a las 20:30 en el Pequeño Teatro Gran Vía, del 27 de noviembre al 18 de diciembre.

Como diría Bertín, ay, qué jartá de aplaudir. No me reía tanto con Quero desde la última vez que le robé la cartera.

Itxu Díaz, 28 de noviembre de 2018