Diario Coronavírico: DÍA 8, la moda siempre vuelve atrás

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Las instagrammers son cosa del pasado. Los influencers han muerto. Los youtubers están de capa caída. Quedar por Tinder suena ya tan actual como enviar un telegrama. Y si respondes “ok boomer”, estás más pasado de moda que los pantalones de Woody Allen. Nadie quiere ya ser hípster, emo, geek, o cualquiera de esas tonterías del Pleistoceno. Una nueva tendencia arrasa pueblos y ciudades en la España coronavírica, poniéndolo todo patas arriba. Nunca se ha visto nada igual. Es un bombazo. Millones de personas quieren ser como ella. Sí, amigos, VUELVE LA VIEJA DEL VISILLO. En mi vecindario hay ya una treintena de ellas y no paran de multiplicarse.

El renacer de la vieja del visillo ha disparado la demanda de prismáticos y telescopios, agujas de calcetar, pastas de té, gafas de cerca, y cortinas hechas a ganchillo. En su modalidad más avanzada, esta nueva tribu -doméstica, aunque aspira a urbana- va armada con un bloc de notas donde apunta los movimientos de todos los vecinos, además de las salidas y entradas de peatones, así como otro tipo de fenómenos esporádicos que al común de los mortales podrían pasar desapercibidos; cosas como “el reloj de la iglesia va con treinta segundos de retraso”, “el del tercero B sale doce veces al día a comprar el pan y siempre se las apaña para que le atienda la rubia de ojos azules”, y “hombre tosiendo sin mascarilla en la carnicería: pollo y ternera picada, contaminadas”. El CNI ya ha lanzado una campaña para reclutar a las más aventajadas, que están dejando en estruendoso ridículo a sus agentes más experimentados.



Las de mi edificio se pasan horas en la ventana. Solo se les ve la mitad de la cara. La otra mitad la tapa el visillo. En el argot les llaman plumas, por su capacidad para desplazarse en silencio. Las células fotoeléctricas no son capaces de detectar sus movimientos. Caminan como espíritus, sin tocar el suelo. Con el sigilo de un gato cazador. Esta misma mañana estaba planchando una camisa con la mirada aburrida, observando los tejados y, de pronto, desde una de las ventanas, he sentido la presencia inquietante de la mirada de una vieja del visillo. Durante una décima de segundo me he cruzado los ojos con ella, ha sonado la BSO de una Hitchcock, y ha sido tal el susto que, sin querer, me he planchado la mano, razón por la que estoy escribiendo esta crónica con la punta de la nariz.

La especialidad de la vieja del visillo no es solo recabar información, sino emplearla después como munición en disputas vecinales, líos familiares, conflictos laborales, enredos amorosos o batallas políticas. Su capacidad de encizañar es infinita. Nunca habla en primera persona, sino en tercera -“dicen que han visto a tu novio…”- y no se le conoce otra ocupación que la investigación privada. La calceta es solo para disimular. Desde que comenzó el confinamiento en España, la edad media de la vieja del visillo ha descendido en sesenta años.

La policía está muy preocupada tras haber detectado esta misma semana la infiltración de las viejas del visillo en grupos de WhatsApp de padres de colegio, donde están causando estragos. Todo indica que estamos ante una versión 2.0 de consecuencias imprevisibles. Conviene recordar que, por amenazas mucho menores, se han desatado guerras mundiales, se han disparado bombas atómicas, o se han llevado a cabo genocidios sin piedad en países que vivían aparentemente en paz, antes de que hubiera un desencadenante que, en nuestro caso, es el aislamiento.

Los chavales quieren ser como ella, otear el horizonte como ella, olfatear la carnaza como ella, y tener esa vista prodigiosa que les permite detectar una pequeña infracción de tráfico a sesenta kilómetros de distancia, tan solo guiñando levemente uno de sus ojos o, en algunas modalidades, haciendo tubo con la mano como si se tratara de la mira telescópica.

Influidos por la vieja del visillo, los millennials están alucinando con su último descubrimiento: mirar por la ventana. Hay una fiebre nacional de mirones. En mi barrio he contado un centenar esta tarde. Los chicos se pasan horas y horas contemplando la calle, siguen la pista a solitarios transeúntes, o analizan detenidamente la evolución de obras municipales. Algunos padres están ya tan desesperados que han comenzado a castigar a sus hijos sin ventana hasta que terminen de jugar la partida completa en su iPad y se hagan al menos 25 selfies para Instagram.

Creíamos que el coronavirus era el Apocalipsis, pero solo porque no habíamos descubierto aún la amenaza del regreso de la vieja del visillo.



En medio de la crisis del coronavirus Itxu Díaz ofrece en abierto este Diario Coronavírico repleto de humor y crónicas de actualidad.