Diario Coronavírico: DÍA 13, la manera más estúpida de relajarme

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Notas que estás un poco tenso cuando eres capaz de tocar un hit de Safri Duo con solo apoyar el dedo índice sobre un cubo del revés. Pasar tantos días en casa afecta a nuestro sistema nervioso. Es frecuente notar alteraciones de apetito, proferir gritos involuntariamente, y propinar mordiscos a otros vecinos. Los expertos creen que esto continuará así hasta que se reanude la retransmisión de competiciones deportivas. La Asociación de Mujeres Desesperadas ha hecho un llamamiento a la responsabilidad de los programadores: “¡pongan fútbol, por el amor de Dios, aunque sea la liga de Tercera División de 1993!”.

Los hombres canalizamos el 95% de nuestra testosterona hacia las retransmisiones deportivas. El 5% restante lo empleamos en picarnos con otros conductores en los semáforos. La suspensión de la liga, tal vez el genocidio masculino más grande de la Historia, está provocando que un montón de tipos vaguemos por casa presos de la inquietud, sin tener ningún sitio donde escupir la energía que de ordinario gastamos en insultar a los futbolistas. Es decir, estamos super-vitaminados y, a menos que alguien tenga la inteligencia de empezar en este momento una guerra mundial y mandarnos al frente, es probable que sigamos aumentando nuestras propias reservas energéticas con consecuencias imprevisibles. De hecho, en mi edificio ya se han dado los primeros fallecimientos de varones por autocombustión.



Anoche me llamó la mujer de un amigo mío. Estaba desesperada porque Óscar es un tipo que, criado en cautividad, acostumbra a consumir unas 20 horas de fútbol diario. Se ve hasta las partidas de futbolín del bar de la esquina. Durante estos días confinados en casa, su familia notó que algo no iba bien. Y las peores sospechas se confirmaron el lunes a la hora de comer, cuando su hijo estiró el brazo para alcanzarle la panera y Óscar respondió levantándose e improvisando una chilena que envió la cestita a la escuadra de una ventana abierta. Óscar celebró el gol tapándose la cara con la parte inferior de la camiseta y corriendo a ciegas por casa con los puños en alto.

En los últimos días su estado había degenerado. Al fin, su mujer se lo encontró catatónico, imantado al techo del cuarto de baño. Tras una breve conversación –“¡baja de ahí ahora mismo que está recién pintado, imbécil!”-, Óscar dio claros síntomas de exceso de energía, amén de cierta desaprobación de todo lo que ha ocurrido en el universo desde que Eva mordió la manzana hasta hoy. Entonces a su mujer se le ocurrió hacer una prueba y ponerle una bombilla en la mano. Se iluminó de inmediato. Newton estaría orgulloso. Ahora Óscar da luz a todo el barrio y, a cambio, no da el coñazo en casa.

Es importante la relajación. He leído mucho al respecto. Es preciso redirigir los pensamientos negativos hacia el corazón de la madre Naturaleza, con la esperanza de que ésta te cubra de, no sé, hojas, lluvia, musgo, bellotas, o lo que sea que pueda proporcionarte la Naturaleza. La clave está en no impacientarse. Controlar la respiración. Y elegir bien las lecturas inspiradoras. Yo anoche me puse a leer a Alejandro Jodorowsky y resultó infalible contra mi ansiedad. En la tercera línea ya estaba roncando.

Hoy he iniciado una severa terapia orientalista que es el último grito zen en Silicon Valley. Al alba, con la camisa desabrochada, y el 90% del cuerpo por fuera de la ventana. Así he estado media hora intentando conectarme con la paz del cosmos. Como no he notado nada, he probado a encontrarme conmigo mismo, manteniéndome estático y con los ojos cerrados, en posición de grulla durmiente, durante 15 minutos. Pero no me he visto por ninguna parte. Así que me he empezado a partir el culo de risa como me enseñaron en el curso Risoterapia para tontos, pero eso me ha puesto aún más nervioso, porque ya no sé si es tos histérica o coronavirus. Al fin, irritado, con los pelos de punta, agotado de la relajación zen, e hiperventilando como un motor fueraborda, me ha salido del alma rezar un Padrenuestro de toda la vida y se me ha quitado la tontería en un momento. Las abuelas siempre tienen razón.



En medio de la crisis del coronavirus Itxu Díaz ofrece en abierto este Diario Coronavírico repleto de humor y crónicas de actualidad.