Diario Coronavírico: y DÍA 15, un diario con final feliz

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Hoy me he mirado al espejo. Parezco el Rey León. No tenía tanto pelo encima de la cabeza desde los doce años. Ante la imposibilidad de cortármelo, estoy empezando a pensar en orientar su crecimiento hacia algún lugar, probablemente elija el norte de la casa, que hay más espacio. Ahí tengo un gran ventanal y, en caso desesperado, podría descolgarlo por la fachada. Con un poco de suerte, en una noche tonta de luna llena y confinamiento, tal vez ascienda por él Scarlett Johansson. Si lo hace el príncipe me encargaré de cortar la melena justo cuando esté llegando. Me encantan los cuentos con final feliz.

Lo bueno de ser escritor es que, en teoría, el aislamiento forma parte de nuestro trabajo. Lo malo de ser escritor y periodista es que, por lo general, me gusta escribir en el lugar donde hay problemas. Ya sabes, un atraco, una buena guerra con cientos de edificios en llamas, o un pub atestado de gente, siempre que tenga la música lo suficientemente alta como para ver que la gente habla pero sin necesidad de saber lo que dice. Ahora que llevo 15 días escribiendo en casa, echo de menos que la gente me interrumpa, que alguien me tire el café por encima del folio, o que algún lector se acerque amablemente a felicitarme. Las felicitaciones que más frecuentemente recibo por la calle “¿Esa basura de columna de ayer es suya?”, “si vuelves a meterte con los míos, te arrancaré un ojo con mis propios dientes”, y “¿me da fuego, por favor?”. Es que la gente es muy amable al aire libre. En Twitter las felicitaciones no son tan educadas.



Frente al espejo he estado pensando que si el confinamiento se prologa un mes más, necesitaré cortarme el pelo en casa, o bien alquilar también el piso de al lado. La única que vez que lo intenté, con las tijeras de podar el seto, subí a una foto a Instagram con el texto “¡Nuevo look!” y el primer like fue de Kim Jong-Un. Si tengo que volver a cortármelo, tal vez lo haga con la batidora. Lo he probado para apurar patillas y no va mal, si no te importa pasarte el resto del día aspirando escondrijos recónditos del cuarto de baño, que queda como si hubieras pasado al gato por el molinillo de café.

En estos quince días de encierro he aprendido muchas cosas. Sé hacer malabarismos con una torre de papel higiénico, he aprendido a arreglarme caries con masilla de pared de Leroy Merlin y la Black and Decker, y ostento el récord del mundo de horas trabajadas en zapatillas de Mickey Mouse. Antes del confinamiento, odiaba las reuniones. Ahora son mi mejor momento del día. He puesto una tele de plasma de 50 pulgadas justo detrás del portátil donde hacemos las videoconferencias, y allí veo maravillosas películas mientras pongo cara de interesante, gesticulo arbitrariamente y asiento cuando habla el jefe. Nadie ha notado la diferencia y, a cambio, ayer hasta recibí una felicitación: “tu rostro durante la reunión revelaba una preocupación profunda y sincera por el problema que atraviesa la empresa, y quiero felicitarte por este compromiso tan sincero con la compañía”. La de ayer era de ciencia ficción y esos asquerosos monstruos gigantes se pasaron la película a punto de aplastar a la protagonista. Realmente estaba MUY preocupado.

No todo han sido buenas noticias. También me he llevado algún desengaño: tras diez días de cuclillas intentándolo, y tras la intervención de varios expertos tuiteros, ahora sé que para incubar un huevo en casa primero hay que fecundarlo, y eso es algo que excede por completo mi compromiso con la supervivencia.

En cualquier caso, lograr arrancarles algunas sonrisas estas dos semanas ha sido mi gran consuelo en la distancia, a falta de poder arrancarles el billetero y las llaves del coche. Que ya saben que en la próxima crisis económica, los escritores brillantes como yo aspiramos a desempeñar un papel protagonista, un papel imprescindible, un papel principal, y todo apunta a que será el papel higiénico.



En medio de la crisis del coronavirus Itxu Díaz ofrece en abierto este Diario Coronavírico repleto de humor y crónicas de actualidad.